Una noche de viernes en San Francisco, el teniente Frank Hastings pasa de una cena tensa en el hotel más elegante de la ciudad al caos de un recinto de conciertos tomado por gases lacrimógenos: Rebecca Carlton, estrella del rock, ha…
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Una noche de viernes en San Francisco, el teniente Frank Hastings pasa de una cena tensa en el hotel más elegante de la ciudad al caos de un recinto de conciertos tomado por gases lacrimógenos: Rebecca Carlton, estrella del rock, ha aparecido muerta de un disparo en el Cow Palace mientras setenta y cinco mil personas esperan un espectáculo que nunca ocurrirá. Novela negra de Collin Wilcox publicada originalmente en 1980, donde la investigación de un homicidio avanza al mismo ritmo que el desgaste íntimo del policía que lo investiga.
Frank Hastings llega media hora tarde a la cita más incómoda del año: conocer al padre de Ann, la mujer con la que lleva un año, en el comedor acristalado de un hotel de lujo con las luces de San Francisco extendidas al otro lado del ventanal. Clyde Briscoe —artista frustrado convertido en millonario por un catalizador de fibra de vidrio— pregunta sin rodeos por el pasado y por el futuro, y Hastings responde con la única versión que sabe contar: tres temporadas de fútbol profesional, tres operaciones de rodilla, un matrimonio con la hija de un hombre rico, los años en que beber fue el trabajo y el trabajo fue beber, y el regreso a casa con el rabo entre las piernas hasta la Academia de Policía. Dos hijos en Detroit a los que ve una vez al año. Una placa de Homicidios. Y una pregunta que no sabe contestar.
La velada termina mal. En el coche, frente a su edificio, Ann le exige lo que ambos habían pactado en silencio no exigirse nunca, y Hastings recurre por primera vez con ella al arma más eficaz del oficio: una mirada larga y fría. No mira atrás al bajar del coche. Media hora después, solo en el salón, con el televisor encendido y sin sonido y una corbata de seda nueva arrugada entre las cenizas de la chimenea, ve en las noticias lo que su compañero Friedman está a punto de contarle por teléfono: hay un tumulto en el Cow Palace.
Rebecca Carlton, la cantante que aquella noche debía llenar el anfiteatro, ha muerto de un disparo. Nadie detenido. Fuera, miles de personas se retuercen entre los faros de los coches patrulla, un helicóptero suelta botes de gases lacrimógenos sobre la multitud y la escena se parece más a un círculo del infierno que a un escenario del crimen. Dentro, entre bastidores, el silencio es de otro tipo: músicos con el traje de actuación puestos y las manos vacías, tramoyistas apiñados, un servicio de seguridad sin nada que custodiar y una cortina de gasa que separa a la Policía de una bestia de setenta y cinco mil gargantas que aún no sabe del todo lo que ha pasado. Antes que el cadáver está el riesgo: el empresario David Behr, emigrante libanés convertido en figura nacional y antiguo marido de la víctima, sale a los focos a domar al público con la voz baja.
Collin Wilcox construye aquí un caso que empieza donde termina el espectáculo y que obliga a su teniente de Homicidios a moverse entre dos ciudades incompatibles: la del Tenderloin, con sus asesinatos sórdidos y sin brillo, y la del dinero, las salas de conciertos, los millonarios y los publicistas. La sospecha de Hastings —que quizá no haya manera de pasar de una a otra— es también el eje moral del libro: un investigador metódico y averiado que interroga mejor a los demás que a sí mismo, rodeado de un equipo bien dibujado (el desconcertado y eficacísimo Canelli, el sarcástico Friedman) y de un elenco de testigos donde la fama, la fortuna y el pasado sentimental de la víctima ofrecen demasiados motivos y ninguna coartada limpia. Publicada en su lengua original en 1980 y traducida al español en 1984, es novela policíaca de procedimiento clásico, escrita en primera persona, con la investigación y la vida privada del protagonista avanzando por el mismo pasillo de cemento verde.