Vera Wong, viuda de sesenta años y dueña de una tetería en el Chinatown de San Francisco que casi nadie visita, encuentra una mañana el cadáver de un desconocido tirado en el suelo de su local.
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Vera Wong, viuda de sesenta años y dueña de una tetería en el Chinatown de San Francisco que casi nadie visita, encuentra una mañana el cadáver de un desconocido tirado en el suelo de su local. Es el primer acontecimiento en años que interrumpe su rutina de paseos militares, mensajes no contestados a su hijo y una sola taza de té servida al día. Al otro lado de la ciudad, Julia Chen abre la puerta a dos agentes de policía que vienen a decirle que el marido que la abandonó anoche ha muerto. Entre el duelo, la sospecha y una soledad que ninguna de las dos sabe nombrar, un cuerpo sin explicación empieza a llenar la tetería más vacía del barrio.
Vera Wong Zhuzhu se levanta a las cuatro y media sin necesidad de alarma, se cubre cada centímetro de piel antes de salir a la calle y recorre exactamente tres mil ciento doce pasos por las calles de Chinatown, saludando en mandarín a los tenderos sin detenerse nunca a conversar. Por el camino maldice en silencio la cafetería moderna que le ha robado la clientela al barrio, pasa por el parque donde su marido hacía taichí antes de la apoplejía, y regresa a La Mundialmente Famosa Tetería de Vera Wang: un local con ciento ochenta y ocho cajones de té traído de las montañas de China, muchos de ellos caducados, y un solo cliente fiel. Se llama Alex, viene diez minutos cada mañana mientras su esposa enferma duerme, y con él Vera comparte tieguanyin y el consuelo compartido de tener hijos que no llaman. El resto del día es silencio, un libro de contabilidad casi vacío y una pregunta que se repite hasta las cinco de la tarde: ¿qué sentido tiene?
Entonces, una mañana cualquiera, Vera baja las escaleras y encuentra un hombre muerto en mitad de su tetería.
En paralelo, la novela abre otra puerta: la de Julia Chen, que lleva un día entera aprendiendo todo lo que nunca tuvo que hacer sola —las facturas, conducir, decidir qué comer— porque su marido acaba de irse dejándola por «infeliz». Con su hija de dos años agarrada a la pierna y bolsas de basura llenas de las cosas de él junto a la entrada, recibe a dos agentes que le comunican dónde ha aparecido el cuerpo de Marshall: en una tetería de Chinatown, con drogas en la mochila, un moratón en una mejilla y un arañazo en la otra. Julia sabe algo que no piensa contarles sobre el golpe que ella misma se llevó contra la pared la noche anterior.
Lo que se despliega es una novela de intriga doméstica con un humor seco y muy particular, sostenida por el retrato de dos mujeres a las que el mundo ha dejado de mirar: una madre a la que nadie pide consejo y una esposa a la que nadie deja terminar una frase. La voz de Vera —terminante, entrometida, tiernamente insufrible, capaz de diagnosticar el exceso de yang de un cliente y de investigar en TikTok a la futura esposa de su hijo— convierte una muerte sospechosa en la ocasión que llevaba años esperando: alguien la necesita, aunque ese alguien esté muerto. Un relato sobre el duelo, la maternidad, un barrio que se apaga poco a poco, y el consuelo improbable que puede prepararse en una taza de té.
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