Madrid arde bajo una ola de calor histórica cuando dos cadáveres aparecen mutilados en los baños de una gala benéfica celebrada en el Palacio de Cibeles.
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Madrid arde bajo una ola de calor histórica cuando dos cadáveres aparecen mutilados en los baños de una gala benéfica celebrada en el Palacio de Cibeles. El asesino no dejó rastro: solo una cruz invertida pintada con sangre y una pregunta suspendida en el aire sobre algo llamado Proyecto Carne. A la inspectora Julia Báez, exmilitar, insubordinada crónica y demasiado incómoda para que nadie se atreva a echarla del Cuerpo, le espera un caso que conecta el crimen ritual con las capas más altas del poder español.
Todo empieza una noche de julio en la que Madrid no consigue bajar de los treinta grados. En el Palacio de Cibeles, el Ayuntamiento acoge una gala benéfica donde la élite del país brinda por los desfavorecidos mientras se emborracha bajo fotografías de niños desnutridos. Entre los invitados circula un hombre que dice llamarse Murillo. No es su nombre. Tampoco es del todo el cuerpo que habita: se encuentra en tránsito, a medio camino entre lo que fue y lo que sabe que será, y esa transformación pendiente convive con una violencia que apenas contiene. Trabaja para una patrona multimillonaria que se considera filósofa de una civilización en decadencia, y esta noche tiene una orden concreta: arrancarle a un empresario la información que guarda sobre el Proyecto Carne.
Lo que ocurre en el baño de la planta superior —dos bombas de humo, un inhibidor de frecuencia, dos agujas de titanio hechas a medida— deja dos cuerpos, un símbolo trazado en sangre y una escena imposible de leer para cualquier investigador que llegue después.
A la mañana siguiente, la inspectora de homicidios Julia Báez está haciendo lo que peor se le da: esperar. Lleva horas de vigilancia inútil junto a su compañero Marcos Velázquez, vigilando a un camello mientras la ciudad se dirige hacia los cuarenta y cinco grados. Julia es puro impulso: dos horas de gimnasio antes del amanecer, tres cafés antes de las nueve, un cuchillo siempre atado al muslo y una incapacidad estructural para obedecer una orden con la que no está de acuerdo. Cuando reconoce en la calle a un traficante de personas al que nadie ha ido a buscar, no lo consulta. Actúa. Como actúa siempre, y como actuó el día en que se interpuso entre un pistolero y el presidente del Gobierno y se ganó dos balas cerca del hombro, casi un año de baja y una intocabilidad política que sus superiores detestan.
Esa protección es también su condena. El comisario Lázaro, más hábil en los despachos que en la calle, lleva años intentando trasladarla y siempre se topa con la misma llamada del Ministerio del Interior pidiéndole que lo reconsidere. Julia es demasiado buena para despedirla y demasiado indócil para retenerla. Así que hay que reubicarla. Y el destino que le espera la pondrá directamente sobre el rastro que arranca en aquel cuarto de baño del Palacio de Cibeles.
Primera entrega de la serie protagonizada por la inspectora Julia Báez, esta novela neo-noir cruza el thriller de asesino en serie con la conspiración política y el retrato ácido de una élite que se fotografía con los pobres a los que exprime. La acción se comprime en una única semana asfixiante —de lunes a domingo, capítulo a capítulo, con la temperatura subiendo en cada página— y avanza en presente, alternando la mirada del verdugo con la de la mujer que tendrá que darle caza. Una protagonista magnética, cargada de heridas propias —una hermana en silla de ruedas, un padre al que no perdona, un cuerpo entrenado hasta convertirlo en arma— y una trama en la que el asesinato es solo la superficie de algo mucho más organizado y mucho mejor financiado.
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