Teherán, 1943: una ciudad de agua escasa, opio abundante y corrupción cotidiana se convierte de pronto en el centro del mundo. Allí confluyen Churchill, Roosevelt y Stalin, y con ellos una constelación de policías, refugiados, agentes y…
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Teherán, 1943: una ciudad de agua escasa, opio abundante y corrupción cotidiana se convierte de pronto en el centro del mundo. Allí confluyen Churchill, Roosevelt y Stalin, y con ellos una constelación de policías, refugiados, agentes y sicarios. Esta crónica narrativa reconstruye el largo camino que llevó al Tercer Reich a apostar por el asesinato de los jefes enemigos, y el momento en que esa idea encontró por fin un escenario posible.
Todo empieza con un retrato incómodo y minucioso: el Teherán de 1943, ocupado por soviéticos al norte e ingleses al sur, con treinta mil estadounidenses custodiando el material de guerra que cruza el país. Una ciudad donde los precios se han multiplicado por cinco en dos años, donde cada funcionario tiene tarifa conocida, donde conviven ciento veinte mil refugiados polacos con tratantes de opio llegados de medio mundo. El autor la describe sin indulgencia ni desprecio: un lugar donde, aparentemente, ya nada podía suceder porque todo había sucedido ya.
Ese escenario sirve de umbral a la verdadera materia del libro. Desde enero de 1943 —Stalingrado perdido, El Alamein perdido, la conferencia de Casablanca cerrando la puerta a cualquier paz negociada— la obra sigue una obsesión que atraviesa la cúpula nazi: la convicción de que la Historia depende de unos pocos hombres y de que eliminarlos vale más que ganar batallas. La tesis aparece en boca de un instructor de la escuela de espionaje de Hamburgo-Altona que pide cincuenta hombres para terminar la guerra, y se despliega después en un inventario de operaciones reales.
El relato recorre así el intento de “liberar” al duque de Windsor en Lisboa, los planes contra Weygand y Giraud, el salto de caballo sobre el cuartel general de Tito en Bosnia, el secuestro del hijo del regente Horthy envuelto en una alfombra, las bombas de plástico destinadas al automóvil de Stalin y la pistola disimulada en una estilográfica con la que Ribbentrop se ofreció a matarlo en persona. Fracasos, delirios y algún éxito, documentados con actas de Nuremberg, memorias de los propios responsables y citas que los desmienten entre sí.
De ese inventario emerge la conclusión que ordena el libro: solo tres muertes habrían podido torcer el curso de la guerra. Y en 1943 esos tres hombres iban a coincidir en la misma ciudad.
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