Un catedrático de economía de Harvard viaja al Caribe en busca de descanso y termina enfrentado a una cadena de asesinatos que resuelve con las herramientas de su oficio: la observación paciente y la premisa de que nadie elige el camino…
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Un catedrático de economía de Harvard viaja al Caribe en busca de descanso y termina enfrentado a una cadena de asesinatos que resuelve con las herramientas de su oficio: la observación paciente y la premisa de que nadie elige el camino más caro para llegar a donde quiere. Cuando alguien actúa de forma aparentemente absurda, Henry Spearman sabe que hay un coste oculto o un objetivo que no se ha declarado. Novela detectivesca clásica en la que el razonamiento económico funciona como estilo, no como lección.
Henry Spearman —bajo, calvo, presidente saliente de la asociación de economistas— llega a St. John con su esposa Pidge decidido a olvidarse por unos días de conferencias, artículos y honorarios. La promesa dura poco. En la lancha que cruza el estrecho hacia el hotel Cinnamon Bay Plantation se topa con Matthew Dyke, un teólogo de su misma universidad cuyo primer libro fue un éxito de ventas y cuyos colegas mayores no toman del todo en serio. Dyke viaja a las islas para recolectar material sobre raza y moral en un archipiélago sacudido por disturbios y por incidentes contra turistas. Poco después desembarca en el mismo hotel Curtis Foote, juez del Tribunal Supremo recién dimitido, célebre por sus posiciones contra la legislación de derechos civiles y por rumores de una candidatura presidencial, acompañado por una esposa de linaje antiguo cuya ironía es la única fuerza capaz de hacerlo dudar de sí mismo.
En ese decorado de plantación azucarera reconvertida en refugio de lujo —cabañas junto a la playa, cenas de siete platos, copas a mitad de precio en la hora de la hospitalidad— el hotel funciona como un laboratorio involuntario. Spearman no puede dejar de mirar: calcula por qué elige una piña colada y no un ponche, cuenta cuántas copas consume un huésped cuando bajan los precios, deduce de las mesas vacías el miedo que la violencia política ha instalado entre los viajeros, se pregunta qué hace una mujer sola en un lugar tan caro. Nada de eso parece una investigación. Todo lo será.
Cuando aparecen los cadáveres, la novela ofrece lo que promete el género: víctimas por las que el lector no llora, un puñado de sospechosos con motivos plausibles y las pistas necesarias escondidas en un pajar de incidentes menores. Lo distinto es el método. Spearman no persigue huellas ni coartadas: rastrea gastos que no cuadran, esfuerzos desproporcionados, preferencias que se contradicen. Su detección se apoya en una sola proposición elemental, aplicada con rigor y sostenida por una atención constante a lo que la gente hace en lugar de a lo que dice.
Detrás del enigma criminal late un segundo enigma, más incómodo y más interesante: hasta qué punto el mundo de racionalidad total en el que se mueve el detective se parece al mundo real. Los autores dejan la pregunta abierta, y a veces se divierten a costa de las pretensiones de su propia disciplina —como cuando Spearman explica el amor conyugal mediante funciones de utilidad interdependientes. Si la irracionalidad humana fuera de verdad irracional, su método no funcionaría. Que funcione, y que el lector acepte el resultado con admiración, es el logro del libro.
Publicada por primera vez en 1978 y firmada con un seudónimo que combina los nombres de dos economistas clásicos, la novela se ha convertido en lectura habitual en cursos introductorios de economía sin dejar nunca de ser, primero y sobre todo, un buen misterio. No hace falta saber nada de la materia para disfrutarla.
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