En un palacio romano donde la policía italiana no puede entrar, la archivera de la Orden de Malta aparece muerta entre los estantes de la biblioteca: desnuda, en posición fetal, cubierta por una capa de seda blanca y con una sonrisa que…
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En un palacio romano donde la policía italiana no puede entrar, la archivera de la Orden de Malta aparece muerta entre los estantes de la biblioteca: desnuda, en posición fetal, cubierta por una capa de seda blanca y con una sonrisa que nadie sabe interpretar. Para averiguar qué buscaba durante sus últimas noches de trabajo, la Orden hace venir desde La Habana a un joven noble experto en documentos antiguos. La respuesta, sospechan, está escrita en algún papel del archivo.
Una mañana lluviosa de septiembre, un empleado de la limpieza encuentra el cadáver de la archivera de la Orden de Malta al final del séptimo pasillo del archivo, en el Palazzo de Via dei Condotti, 68. El cuerpo está desnudo, colocado adrede en posición fetal y cubierto por una antigua capa blanca con la cruz de malta bordada en carmín. No hay sangre, no hay violencia visible, no hay explicación: solo unos labios curvados en una falsa sonrisa y unos ojos abiertos que parecen burlarse de quien los mira.
El escenario del crimen es, además, un problema jurídico. Se ha derramado sangre en territorio soberano, donde la policía italiana no tiene competencia, y el Comendador que dirige la casa —hombre de principios cristianos inquebrantables y temperamento científico— decide no perder ni una prueba: cierra el archivo, interroga al testigo antes de que nadie se lo ordene y anota cada respuesta a lápiz en una libreta corriente de tapas rojas. Sabe que el Consejo Soberano acabará nombrándolo instructor del caso. También sabe que necesita a alguien capaz de leer los papeles.
Ese alguien es su ahijado, un joven aristócrata criado entre el Mediterráneo y el Caribe, primer secretario de la embajada de la Orden en La Habana y especialista en historia y documentación antigua. Diez horas después de una llamada telefónica breve y temblorosa, pisa Roma para hacerse cargo de una biblioteca de trece mil volúmenes y más de mil metros de estantes, con el encargo tácito de descubrir en qué estaba trabajando la difunta durante todo el verano, cuando pasaba tres o cuatro noches por semana encerrada en el palacio. El reparto de tareas es claro: el padrino se ocupará de las personas; el ahijado, de los documentos.
Las primeras pistas se contradicen. El disco duro del ordenador de la archivera está completamente vacío, borrado con una limpieza que no parece accidental. Los libros de su mesa, antiguos y modernos, están ordenados sin criterio aparente. Un testigo cree haber oído un canturreo masculino en la biblioteca a horas imposibles. Un taxista charlatán menciona a otro pasajero llegado del aeropuerto a la misma dirección el día anterior, y reaparece después, inexplicablemente, entre la multitud del funeral. El viudo, un notario que apenas hablaba con su mujer salvo en público, recuerda una confidencia inquietante de finales de julio: ella estaba a punto de hacer un descubrimiento que, de asombroso, podría ser hiriente. Mientras tanto, en algún lugar lejos del palacio, un hombre enfermo recibe la llamada que confirma que la archivera ya está callada para siempre.
Entre exequias en latín, titulares en tres idiomas y un cortejo fúnebre que atraviesa Roma bajo la tormenta de final de estío, la novela avanza por dos caminos paralelos —el interrogatorio y el legajo— hacia una pregunta única: qué contenía el documento por el que valía la pena matar dentro del corazón mismo de la Orden.
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