Recopilación en papel de las historias más celebradas de la web Asco de Vida, la comunidad española que desde 2009 recoge de forma anónima los pequeños desastres cotidianos de sus lectores.
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Recopilación en papel de las historias más celebradas de la web Asco de Vida, la comunidad española que desde 2009 recoge de forma anónima los pequeños desastres cotidianos de sus lectores. Anécdotas breves de familia, pareja, trabajo, estudios y mala suerte pura, contadas siempre en clave de humor y firmadas con esas tres letras que se han convertido en una forma de resignación compartida: ADV.
Todo empezó un 23 de abril de 2009, cuando dos jóvenes aburridos decidieron abrir un espacio donde cualquiera pudiera confesar, sin dar su nombre, esa anécdota concreta que le arruinó el día. La idea era sencilla y vieja como el refranero: mal de muchos, consuelo de tontos. Pero funcionó. Un millón y medio de historias y casi tres millones de comentarios después, aquella página se había convertido en una costumbre diaria para miles de personas y en un pequeño archivo involuntario de la vida española contemporánea.
Este volumen reúne una selección de esas confesiones, ordenadas en un desfile de desastres domésticos que avanza sin respiro. Están las catástrofes sentimentales: el novio que grita el nombre equivocado en el peor momento, la pareja que cancela la cita justo la noche de la pedida, el aniversario preparado durante meses que el otro ni recordaba. Están los accidentes del cuerpo y de la vergüenza: quemaduras absurdas, visitas al médico con los padres delante, diagnósticos que llegan demasiado tarde o demasiado pronto. Están las familias, que en estas páginas funcionan como una máquina precisa de humillación involuntaria: madres que confunden el activismo con el peluche, padres que eligen los nombres de sus hijos por el acrónimo que forman, hermanos pequeños con una sinceridad devastadora.
El trabajo y el aula aportan su propia cosecha. Repartidores que reconocen en el portal del ático de lujo a la víctima de sus palizas escolares, jefes que se ríen cuando les preguntan por el sueldo, exámenes de filosofía que se aprueban con dos palabras, sueldos que llegan una vez al mes y duran cuatro días. Hay animales que mueren de formas imposibles de justificar, plantas que se resisten a toda lógica botánica, tatuajes equivocados, wifis con nombres que responden solos y mensajes de texto que deberían haberse quedado en el borrador.
Lo que sostiene el conjunto no es la desgracia sino el tono. Ninguna de estas voces pide compasión: cada una entrega su humillación ya masticada, con el remate en la última línea y la firma que la convierte en género. Leídas de corrido, las historias componen algo parecido a un retrato coral —la torpeza compartida de un país que aprendió a contarse a sí mismo en tres líneas y una carcajada—, y el libro nunca pretende ser otra cosa que ese rato agradable de reconocimiento. No hay lección, no hay autoayuda, no hay consuelo terapéutico. Hay, eso sí, una constatación reconfortante que da título al conjunto y que funciona como única moraleja: sea lo que sea lo que te haya pasado hoy, podría ser peor. Y alguien, en algún sitio, ya lo ha escrito.