Reunión de meditaciones ascéticas publicadas originalmente en la revista «Studi Cattolici» y reunidas después en volumen, este libro propone un itinerario de vida interior dirigido al cristiano corriente.
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Reunión de meditaciones ascéticas publicadas originalmente en la revista «Studi Cattolici» y reunidas después en volumen, este libro propone un itinerario de vida interior dirigido al cristiano corriente. Escrito en segunda persona, como una conversación sostenida con un amigo, recorre la amistad con Jesucristo, la llamada universal a la santidad, el cultivo de la vida interior y la guarda del corazón, con la convicción de que la perfección cristiana se alcanza sin abandonar el propio oficio ni el ambiente de cada día.
El volumen se abre con una nota «Al lector» que explica su origen modesto: no hubo plan de libro, sino una colaboración periódica en la revista «Studi Cattolici» que fue creciendo hasta reclamar la forma de volumen. El autor confiesa allí la deuda que atraviesa todas estas páginas. Conoció en 1940 a Mons. Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, y lo trató después con asiduidad en Roma; de aquellas conversaciones y de una enseñanza que el propio fundador comparaba con un único puchero del que todos podían tomar el alimento adecuado a su situación proviene, según reconoce, lo esencial de estas meditaciones. La glosa se volvió a menudo prolongación, cita y hasta transcripción literal de aquel modo de decir, y el autor lo declara sin rodeos: si alguna frase quema y remueve al lector, el agradecimiento pertenece a esa fuente.
A partir de ahí, cada capítulo se abre con una cita fechada del fundador y se desarrolla como una plática pausada, dirigida siempre a un tú. La primera medita sobre Jesús como amigo: parte de la nostalgia de Dios que late en toda alma, insiste en la humanidad real de Cristo —el que llora ante el sepulcro de Lázaro, el que se sienta cansado junto al pozo de Jacob, el que se entristece en el huerto— y propone el trato frecuente en el Evangelio, la lectura espiritual y la Eucaristía como caminos concretos de intimidad, para concluir que a Jesús se llega siempre a través de María.
Las dos meditaciones siguientes desarrollan el núcleo de la propuesta: la vocación cristiana es vocación de santidad, sin excepciones de estado, edad, oficio ni condición. El autor recuerda una conversación con un joven que se declaraba demasiado ambicioso para vivir así, y le responde con una ambición mayor. Contra el prejuicio de que la aspiración a la perfección quede reservada al sacerdocio o al claustro, sostiene que la santidad se juega en el cumplimiento amoroso de los propios deberes y en la unión con Dios dentro del trabajo diario. De la idea hay que pasar a la convicción, y de la convicción a la decisión: el único obstáculo real, afirma, no son las dificultades sino la falta de decisión.
Los capítulos finales del recorrido descienden al terreno interior. «Vida interior» describe el reino de Dios dentro del alma con la imagen de la vid y los sarmientos, y anuncia también la poda: no hay avance en la unión con Dios sin un paso previo de purificación, y el fruto del apostolado —distinto del éxito— depende de esa unión y no de la destreza ni del volumen de actividad externa. «Guarda del corazón» toma el corazón inquieto de San Agustín como punto de partida y presenta la vigilancia interior como orden en el amar, ciencia hecha de defensa y ataque, de conocimiento y decisión, siempre ordenada a la felicidad. El texto continúa hacia una meditación sobre el camino real de la Cruz.
El tono es constante: cálido, exhortativo, sin aparato erudito, sembrado de citas latinas de la Escritura, de los Padres y de la liturgia que el autor traduce de inmediato para que ninguna quede fuera del alcance del lector. No es un tratado sistemático de teología espiritual, sino una serie de conversaciones que pueden leerse seguidas o de una en una, pensadas para el rato de meditación personal.
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