Dos pelotones de reclutas ebrios llegan a Grozni sin oficial que los mande y acaban enganchados a un convoy de gasolina rumbo a una unidad perdida en el Cáucaso.
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Dos pelotones de reclutas ebrios llegan a Grozni sin oficial que los mande y acaban enganchados a un convoy de gasolina rumbo a una unidad perdida en el Cáucaso. Cuando unos guerrilleros cortan la carretera y ponen precio a sus vidas, el mayor Zhilin —dueño del combustible y negociador a su pesar— regatea en el arcén mientras la hierba alta espera al otro lado de la cuneta. Un relato sobre la guerra convertida en aritmética y sobre la frontera, finísima, entre mercancía y persona.
Todo empieza en un andén polvoriento del Cáucaso. Un tren de mala muerte, apenas dos vagones, descarga a un puñado de soldados recién reclutados: eufóricos, borrachos, armados y sin nadie al mando, porque al único oficial lo bajaron del convoy antes de Rostov con una hernia estrangulada. Tampoco hay oficial de acogida. Solo un jefe de estación con brazal rojo que tiene una única prioridad: quitarse de encima a esa horda bisoña antes de que anochezca.
Los sube a los blindados y los engancha a un convoy de camiones cargados con bidones de gasolina. Dos de esos camiones viajan vacíos, con el suelo alfombrado de serrín para amortiguar futuras mercancías; la precaución acabará amortiguando a los muchachos, que resbalan del blindaje como fruta madura en cuanto los vehículos aceleran. Dos tutores improvisados —un gigante llamado Zhora y un sargento de doble apellido— los recogen, los desarman y los acuestan sobre el serrín.
A mitad de camino el relato cambia de voz. El dueño de la gasolina, el mayor Zhilin, toma la palabra, y con él entra un tono seco, de funcionario veterano que ha aprendido a medir la guerra en litros y en dólares. Un grupo de guerrilleros ha detenido el convoy y exige un rescate: cinco mil por la carga humana que duerme en las cajas. La carretera se convierte en una mesa de regateo donde una palabra imprudente cuesta la cabeza.
Zhilin negocia contando cuerpos, distinguiendo ebrios de sobrios, ganando tiempo, mientras a su espalda dos jóvenes chechenos acarician las empuñaduras de sus dagas y, unos metros atrás, queda tendido en el asfalto un centinela al que su propio ayudante disparó por puro pánico. El mayor se debate entre la lógica del almacén —salvar los barriles, volver con vida junto a su mujer y su hija— y una piedad incómoda por unos chavales que, se recuerda a sí mismo, han venido aquí a matar o a morir.
Escrita en frases cortas, con exclamaciones, tacos y saltos bruscos entre la voz colectiva de la tropa y el monólogo interior del negociador, la obra evita tanto la épica como la denuncia solemne. Su materia es el absurdo administrativo, el humor negro de los cuarteles y una economía de guerra donde todo —el combustible, la memoria, la vida de un recluta— tiene tarifa. Un retrato desapacible y muy físico de un conflicto contado desde la intendencia.