Un manual clásico sobre el arte de estudiar que somete a examen crítico los sistemas mnemotécnicos en boga y propone, en su lugar, el cultivo del entendimiento.
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Un manual clásico sobre el arte de estudiar que somete a examen crítico los sistemas mnemotécnicos en boga y propone, en su lugar, el cultivo del entendimiento. Sus autores repasan el subrayado, la repetición, el apunte, la versificación y los métodos gráficos y sonoros, distinguen las clases y los tipos de memoria, y muestran con ejemplos concretos cómo reducir un texto a su idea esencial para después ampliarla. Cierra con la preparación ordenada del discurso hablado.
Arte de Estudiar parte de una convicción sencilla y la sostiene hasta el final: ninguna habilidad artificiosa sustituye a la inteligencia. Desde las primeras páginas, Marcel Dunois y Eduards Adams desmontan la promesa de los sistemas mnemotécnicos —esos que piden asociar cada cifra a un sillón, a un libro o a un rincón de la habitación— con un argumento difícil de rebatir: obligan a la memoria a trabajar dos veces para retener una sola cosa.
Sobre esa base, la obra revisa uno por uno los procedimientos que la enseñanza recomienda. El subrayado, ilustrado con un pasaje cervantino y con un ejemplo sobre los Reyes Católicos y Colón, se revela incapaz de fijar concepto alguno: deja al estudiante con una hilera de palabras sueltas y sin razonamiento que las una. La repetición sirve en los primeros años y estorba después. La versificación deslumbra en la escuela primaria, pero no se aconseja. Solo el apunte o extracto merece aprobación, siempre que el resumen no sustituya al concepto, sino que invite a ampliarlo.
El centro del libro es un método positivo, demostrado con ejemplos antes que enunciado en reglas. Un epitafio dedicado a Lais se comprime hasta su núcleo y luego se reconstruye con palabras propias; la definición del Estado se analiza término a término hasta llegar a una síntesis breve; el «pienso, luego existo» de Descartes se somete a discusión para probar que hay argumentos indescifrables sin discurso; la ley de inercia se comprueba con una bola de billar. Cada disciplina, sostienen los autores, pide su forma: experimentación en las ciencias físicas, reflexión en las especulativas, mapas y dibujos en la geografía y la historia.
No falta la mirada histórica y erudita. Aparecen las clases de memoria —sensitiva, intelectiva, afectiva— y la reminiscencia aristotélica; los tipos que estableció Galton y que otros ampliaron; los tratados de Raimundo Lulio y Pedro de Rávena; el sistema topográfico atribuido a Simónides y a Cicerón; el herigoniano, que convierte cifras en palabras. Todos se exponen con detalle y se critican sin indulgencia. Las páginas finales pasan del estudio a la palabra hablada: cómo ordenar una conferencia, un discurso político o una intervención de mitin mediante un guion que sostiene la reflexión, y no la retentiva.
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