Un sábado cualquiera en Madrid, Cris se cruza en el supermercado con Daniela, la chica de la que se enamoró a los once años y a la que nunca se atrevió a decírselo.
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Un sábado cualquiera en Madrid, Cris se cruza en el supermercado con Daniela, la chica de la que se enamoró a los once años y a la que nunca se atrevió a decírselo. El reencuentro reabre un pasado que también incluye a Edu, el primo admirado que un día le enseñó a esconderse. Entre la rutina y el recuerdo, esta novela habla del tiempo, de la identidad y de las palabras que no se dijeron a tiempo.
Cris tiene una agencia propia, una rutina que cuida como quien cuida una armadura y la costumbre de mirarse a los ojos en el espejo cada mañana. Vive sola en Madrid, prepara la ropa la noche anterior, hace la compra los sábados con una lista en el móvil y busca a las mujeres que le gustan en una aplicación que le ha enseñado más sobre algoritmos que sobre sentimientos. Tiene todo bajo control, o esa es la versión que se cuenta.
El orden se rompe entre las naranjas de oferta y la sección de libros de un hipermercado. Allí aparece Daniela: la vecina dos años mayor, la que leía revistas de adolescente cuando Cris todavía jugaba, la que se marchó a Barcelona sin saber que en aquella despedida en el balcón había una declaración que nunca llegó a formularse. El encuentro dura pocos minutos, pero basta para cancelar una cita, para desordenar la lista de la compra y para devolver a Cris a los quince años con una nitidez incómoda.
En paralelo corre otra historia, la de Eduardo. Edu era el primo impecable de los domingos por la tarde, el del sombrero, la cigarrera plateada y las conversaciones de cocina sobre justicia y decisiones que Cris escuchaba desde las escaleras. Era también el adulto que un día se derrumbó delante de una niña y al que esa niña sostuvo con un abrazo. Años después, cuando Cris acudió a él con la noticia de su primer enamoramiento, Edu no le dio refugio: le pidió silencio. Aquel consejo convirtió una emoción luminosa en un secreto, y el secreto en una distancia que ya nadie supo cerrar.
La novela avanza sobre dos planos que se rozan constantemente. En el presente, un sábado se estira con la lentitud de un déjà vu: la radio, el desayuno frente a la ventana, la ducha, la elección de la ropa, la espera en el restaurante. En la memoria, la infancia protegida bajo la mesa de la cocina, la idealización de los padres, la certeza de que los adultos tienen todas las respuestas y el momento exacto en que esa certeza se desmorona. Entre ambos planos late una voz que interpela a alguien que ahora yace en una cama de hospital y a quien la narradora pide, sin más argumentos, que se ponga bien.
Escrita en primera persona, con capítulos breves y fragmentos poéticos que funcionan como respiraderos entre escena y escena, la obra observa cómo se construye una vida adulta a partir de lo que se calló. Habla del armario y de sus herencias, de la vergüenza transmitida entre generaciones de una misma familia, del amor que convive con el rencor y de la diferencia entre perdonar y decidir que ya no importa. También, con humor seco, del absurdo cotidiano de buscar el amor rellenando formularios.
Es una historia sobre el tiempo, esa medida que inventamos para justificar lo que no queremos aceptar, y sobre la posibilidad de que la casualidad, alguna vez, se ponga de nuestro lado.
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