En la cima nevada de un monte sardo, una periodista escocesa se enfrenta al portavoz de una corporación que acaba de comprar una base militar abandonada.
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En la cima nevada de un monte sardo, una periodista escocesa se enfrenta al portavoz de una corporación que acaba de comprar una base militar abandonada. Semanas después, un alpinista noruego llega a Islandia buscando dejar atrás un accidente que le cambió la vida, y encuentra las mismas antenas asomando sobre el paisaje. Un thriller sobre el miedo como mercancía y la energía como arma.
Abril de 2023, Monte Limbara. Bajo una lluvia fina que ha sustituido a una nevada impropia de la estación, doscientos manifestantes protestan contra la venta de una antigua base de la OTAN —cerrada desde 1993, devorada por el viento y el óxido— a ECYLA, una corporación internacional que promete investigación puntera en altura, lejos de la contaminación y de las miradas indiscretas. Entre los reporteros hay una mujer que no ha subido hasta allí por la ceremonia: lleva años siguiendo el rastro de esta empresa y ha venido a preguntar por el llamado incidente sardo, el apagón que dejó tres días a oscuras todo el norte de la isla, precedido por microcortes imperceptibles y seguido de un frío glacial, tormentas insólitas y vecinos que aseguran haber perdido la noción de los horarios. La prensa generalista lo relegó a una columna breve; ella grabó cada respuesta.
El duelo verbal con David Galvanni, el ejecutivo del abrigo largo, ocupa el corazón del prólogo y fija el tono de la novela. Él despacha las preguntas con ironía —villanos de James Bond, cine catastrofista, comparaciones con activistas mediáticas— y termina deslizando un consejo que suena exactamente a lo que es. Ella no retrocede. Detrás de la conversación se dibuja un mapa inquietante: bases interceptoras en Alaska, una plataforma de radar semisumergible en el Pacífico, físicos del CERN incapaces de explicar de dónde salió tanta energía, una división farmacéutica que ya hizo fortuna una vez vendiendo protección. Y una tesis incómoda: que el clima, el pánico y la información pueden fabricarse igual que cualquier otro producto.
Entonces la novela cambia de latitud y de respiración. En junio, Thomas Rake aterriza en Islandia con un mes por delante y un accidente en Suiza que no consigue dejar de revivir. Sube al Hvannadalshnjúkur, recorre las playas negras del sur, comparte cuerdas fijas y confidencias con una pareja alemana en la arista del Kirkjufell, duerme bajo un sol que no se pone. La isla se despliega en estas páginas con precisión de cuaderno de campo: carreteras secundarias, campings de doce euros, glaciares, coladas de lava cayendo al océano. Es un viaje de reparación personal, y funciona. Hasta que las luces del camping parpadean por segunda vez en una semana, y hasta que, camino de Arnarstapi, Thomas ve desde el autobús un recinto vallado erizado de antenas que nadie de la zona sabe explicar del todo. La conductora se encoge de hombros: compran el terreno, construyen, ponen cámaras y desaparecen.
El lector, que viene de Cerdeña, reconoce lo que el montañero todavía no. Ahí está el mecanismo de esta historia: dos hilos que avanzan por separado —el de quien investiga sabiendo lo que busca y el de quien huye sin saber hacia dónde— hacia un punto de encuentro que la geografía ya ha marcado en el mapa. Con epígrafes de Lao-Tse, Tesla y un historiador del miedo, la novela combina el thriller de conspiración documentado con la literatura de montaña, y plantea sus preguntas sin coartada: quién decide qué es una noticia y qué es una excentricidad, cuánta energía hace falta para apagar una región entera, y qué se le pide a alguien que renuncie cuando decide no renunciar a nada.
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