Volumen doble protagonizado por el comisario San-Antonio, la creación más popular de Frédéric Dard. En "Armas para la eternidad", un reloj calcinado rescatado de un accidente de aviación pone al policía tras la pista de una red…
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Volumen doble protagonizado por el comisario San-Antonio, la creación más popular de Frédéric Dard. En "Armas para la eternidad", un reloj calcinado rescatado de un accidente de aviación pone al policía tras la pista de una red internacional de tráfico de armas, con una cita pendiente en un hotel de la costa adriática y su propia madre como coartada de vacaciones. Lo acompaña "¡Votad a Bérurier!", una segunda aventura que traslada al inspector más ruidoso del cuerpo al terreno de la política. Dos relatos escritos en la voz burlona, callejera y desbocada que define la serie.
La entrega reúne dos novelas breves de la serie San-Antonio y arranca, como suele, con una escena doméstica antes que con un crimen: el comisario encuentra a su colega Pinaud planchándose los pantalones en el despacho, con una maceta de geranios sobre el radiador y una tarjeta de visita destinada a una cena de compromiso. La broma dura poco. Una llamada urgente lo lleva ante el Viejo, su jefe, que le enseña la única pieza rescatada de un desastre aéreo reciente cerca del pantano de Limetz: un reloj de acero reventado por el fuego, en cuya tapa interior alguien grabó a punta de cuchillo unas siglas, una preposición y una fecha.
Descifrar el mensaje ocupa apenas unos minutos y abre un problema mucho más largo. Las iniciales remiten a una organización dedicada al tráfico internacional de armas; el destinatario del vuelo era un agitador que viajaba a Italia para negociar una compra; el lugar del encuentro es un hotel de Cervia, en el Adriático, bautizado con el nombre de una cumbre del Himalaya. La víctima ha muerto, pero la cita sigue en pie y alguien ocupará su sitio. San-Antonio recibe la orden de acudir, identificar a los emisarios de ambos bandos, seguirlos hasta el depósito de armas y hacerlo volar. Para ello se le entrega una estilográfica que no escribe y una instrucción incómoda: como Cervia es una playa de italianos donde un francés solo llamaría la atención, viajará con su madre.
Esa decisión define el tono de la novela. Félicie, encantada de conocer Italia por primera vez y convencida de que su hijo trabaja en una paragüería, se convierte a la vez en tapadera perfecta y en freno constante para un investigador acostumbrado a moverse sin testigos. El comedor del hotel se transforma en un tablero: familias suizas y milanesas, dos jubilados que dormitan bajo una sombrilla, una pareja de recién llegados demasiado ocupada en sí misma, una mujer sola con su hija, y Martha, la joven alemana de piel blanquísima que nunca baja a la playa, dice aborrecer Italia y sabe más de lo que debería sobre el pasajero muerto. Cada comensal es sospechoso mientras no se demuestre lo contrario, y la investigación avanza tanto por interrogatorio como por observación en traje de baño.
El volumen se completa con “¡Votad a Bérurier!”, donde el peso del relato recae en el inspector corpulento, glotón y sin filtros que acompaña a San-Antonio desde hace decenas de títulos, arrastrado esta vez a una campaña electoral que su temperamento no está preparado para sobrevivir con discreción. La estructura vuelve a ser la habitual de la serie: tres partes y una conclusión, capítulos cortos, y un cierre que devuelve a los personajes al punto de partida como si nada hubiera ocurrido.
Más que por la trama de espionaje, ambas historias se sostienen en la voz. El narrador se dirige al lector de tú, interrumpe la acción para comentar la escena, inventa expresiones, se burla de la burocracia policial, de los veraneantes, de los tópicos nacionales y sobre todo de sí mismo. Entre la parodia de novela de espías y la crónica de costumbres, el libro alterna la persecución de un cargamento de armas con estampas de playa, comidas de hotel, televisión italiana y afecto filial, y encuentra su energía en el contraste entre la brutalidad del encargo y la ligereza con que se cuenta.
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