Aristóteles fue el hombre que quiso saberlo todo: hijo de un médico macedonio, discípulo durante veinte años de Platón, preceptor de Alejandro Magno y fundador del Liceo.
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Aristóteles fue el hombre que quiso saberlo todo: hijo de un médico macedonio, discípulo durante veinte años de Platón, preceptor de Alejandro Magno y fundador del Liceo. Este ensayo divulgativo recorre su vida y su pensamiento, y explica por qué su ruptura con el idealismo de su maestro —la mano tendida hacia la tierra frente al dedo que señala el cielo— inauguró el espíritu científico que aún gobierna nuestra manera de mirar el mundo.
«Todos los hombres, por naturaleza, desean saber.» Con esa frase inaugural de la Metafísica arranca este retrato del Estagirita, y también su tesis: Aristóteles fue, ante todo, un investigador metódico, un coleccionista de datos, alguien decidido a extender el certificado de realidad a todo cuanto salta a la vista.
El libro sitúa primero la gran divisoria. Frente a Platón, que confía la verdad a unas Formas eternas de las que el mundo sensible sería copia insuficiente, Aristóteles considera ese rodeo una ficción poética sin valor como hipótesis de trabajo: las cosas están ahí, al alcance de la mano y de la mente, y la tarea del filósofo consiste en entender con conceptos su estructura y su funcionamiento. La imagen de La escuela de Atenas de Rafael —un índice hacia arriba, una palma hacia abajo— condensa el desacuerdo; la reflexión de Coleridge que cita Borges, según la cual todos nacemos platónicos o aristotélicos, lo extiende a dos linajes intelectuales que atraviesan los siglos sin cruzarse nunca.
Después llega la vida, contada en cuatro etapas contra el telón de fondo de unas polis en declive y del ascenso macedonio. La infancia en Pella junto a un padre médico de la corte, que quizá le enseñó a diseccionar. Los veinte años en la Academia, donde lo apodaban «el lector» por leer él mismo en lugar de hacerse leer, y de los que salió dolido cuando Platón fue sucedido por su sobrino Espeusipo. Los viajes por Asia Menor, la amistad con el tirano Hermias, las escuelas de Asos y Mitilene y las investigaciones biológicas y marinas que tardarían casi dos milenios en ser superadas. El regreso a Atenas, la fundación del Liceo en un gimnasio alquilado —era extranjero y no podía comprar—, las clases dictadas mientras paseaba, y la marcha final ante una acusación de impiedad: «No permitiré que Atenas peque dos veces contra la filosofía».
En el camino asoman el preceptor de Alejandro, la correspondencia sobre los libros esotéricos en la que el maestro le recuerda que la información nada vale sin quien sepa interpretarla, y la elegante cata de vinos con que designó sucesor a Teofrasto. Un recorrido accesible por la lógica, la física, la ética, la política y la poética de quien impuso al trabajo intelectual una exigencia de rigor que la ciencia ya no abandonaría.
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