En la Ciudad de México, la noche del 14 de febrero, un joven directivo brillante descubre que todo su mundo gira alrededor de una mujer que nunca le ha dicho que sí.
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En la Ciudad de México, la noche del 14 de febrero, un joven directivo brillante descubre que todo su mundo gira alrededor de una mujer que nunca le ha dicho que sí. Entre la oficina, la fiesta y el desengaño, «Aries: ¿de qué signo es el amor?» sigue a Óscar mientras confunde constancia con esperanza y aprende que el amor —como el zodiaco— se lee de maneras distintas según el ángulo desde el que se mire.
Óscar ronda los treinta años y tiene, en apariencia, la vida resuelta: dirige el área de Planeación de una trasnacional, compite por un proyecto que puede llevarlo a Osaka con cien mil dólares bajo el brazo y goza del aprecio de Eduardo Bernal, su antiguo profesor y ahora director de la filial mexicana. Lo que no tiene es lo único que le importa. Su corazón está detenido en Regina —a la que llama Re—, una amiga de la universidad que estudia en Washington gracias a una beca que él le consiguió, y que responde a su devoción con una cordialidad calculada, cercana un día y distante al siguiente.
La novela arranca en una noche de San Valentín en la que el Día del Amor y la Amistad se le presenta a Óscar como un inventario de ausencias: cero llamadas, cero regalos, un documento pendiente y una fotografía sobre el tocador. Alrededor de él se despliega un coro de voces que discuten el amor sin ponerse de acuerdo. Pepe Choro, amigo de toda la vida, heredero de una fortuna y devoto del cinismo, sostiene que el deseo es lo único honesto y que la constancia sentimental de Óscar es una forma elegante de mendigar. Mónica, su asistente, ofrece una ternura franca que él insiste en no ver. Toño, el velador del estacionamiento, resume desde su propia derrota que el amor cambia a las personas hasta que deja de hacerlo. Una socióloga en un programa de radio nocturno diagnostica que hoy es fácil conseguir sexo y difícil conseguir amor. Cada quien nombra un signo distinto para la misma pregunta.
El relato avanza en dos frentes que terminan por tocarse. En la oficina, el concurso interno de reestructuración enfrenta a Óscar con Octavio, un directivo veterano que ha sobrevivido a base de intrigas, y con Juan Solano, el talento que hace el trabajo por él; la excelencia técnica del protagonista se convierte en un blanco, y su encierro en el proyecto ha ido erosionando las alianzas que ahora necesitaría. En casa, el pasado cobra: la beca que Óscar entregó a Re fue arrebatada a su cuñado Alejandro, muerto después en un accidente y acusado póstumamente de un fraude que su viuda —Eva, la hermana embarazada de gemelos— se niega a creer. La madre, Mercedes, guarda un silencio que pesa más que un reproche. La familia entendió antes que él la magnitud de lo que sacrificó, y por qué.
Una fiesta de cumpleaños, un desaire en la pista de baile y un cuadro de unos ojos que cambian de color y de humor según dónde se pare quien los mira introducen a Pía, compañera de trabajo con una franqueza que Óscar no está acostumbrado a recibir. Al mismo tiempo llega desde Washington la noticia que él llevaba años sin querer escuchar, y la invitación a una graduación que puede ser una celebración o una despedida. En el trasfondo, un eclipse anunciado para abril —de esos que ocurren una vez cada mil años y arrastran leyendas de mal augurio— sirve de reloj y de presagio.
Escrita con oído de comedia urbana y un pulso melancólico por debajo, esta primera novela de José Jenaro Olguín Avilés retrata a una generación mexicana profesionalmente exitosa y sentimentalmente extraviada, que se refugia en el trabajo para no admitir su fracaso en la búsqueda del amor. El diálogo, veloz y desinhibido, alterna el albur, la crueldad de los amigos y la ternura involuntaria de los desconocidos. La pregunta del título no se resuelve con un horóscopo: se resuelve —si acaso— cuando el protagonista deja de mirar la única versión del amor que se había permitido imaginar.