Un joven guía turístico varado en el Triángulo de Oro y un magnate ruso-estadounidense que aspira a la presidencia de Rusia quedan unidos por una promesa imposible: recuperar la Cámara de Ámbar, el tesoro que los nazis se llevaron y que…
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Un joven guía turístico varado en el Triángulo de Oro y un magnate ruso-estadounidense que aspira a la presidencia de Rusia quedan unidos por una promesa imposible: recuperar la Cámara de Ámbar, el tesoro que los nazis se llevaron y que nadie ha vuelto a ver.
En un vagón dorado que cruza Siberia rumbo a Moscú viajan un matrimonio que apenas se dirige la palabra. Ella, Irina, es hija del presidente ruso y lleva en la muñeca una pulsera de oro con unas iniciales ajenas que detesta. Él se hace llamar Vasili Federov, aunque creció en el Medio Oeste estadounidense con otro nombre: un huérfano ruso adoptado, rechazado dos veces por la madre que lo dejó en una cabina telefónica, que ha convertido esa herida en una fortuna colosal y en una ambición sin fisuras. Federov ha comprado alcaldías, ha financiado teatros que le aburren, ha pulido su acento hasta borrarlo y ha buscado la bendición de la Iglesia ortodoxa, todo para que nadie dude de que es ruso hasta la médula. En un debate televisado en directo, acorralado por la acusación de ser un extranjero, lanza la promesa que lo cambiará todo: si el pueblo lo apoya, devolverá no una réplica costosa, sino la auténtica Cámara de Ámbar.
A más de seis mil kilómetros de allí, en la frontera donde Tailandia se encuentra con Birmania y Laos, Aubrey Argylle se mece en una hamaca frente a una cabaña de bambú. Tiene poco más de veinte años, habla siete idiomas y llena cuadernos con descripciones del mundo que su madre muerta ya no puede ver. Guía a turistas decepcionados por rutas de montaña y, cuando nadie lo acompaña, sube solo a los poblados de las tribus de las colinas con las fotografías gastadas de sus padres en el bolsillo, haciendo siempre las mismas preguntas. Lleva cinco años esperando una respuesta que no llega.
Una mañana, el zumbido de una avioneta le devuelve la infancia entera: los aeródromos de Brasil, Filipinas, África Occidental, su padre explicándole los mandos. Después llega el disparo. La avioneta cae, y entre los restos Argylle encuentra a tres agentes de la DEA heridos, un piloto muerto y a los hombres del cartel más brutal de la región cerrando el cerco. Lo sensato sería echar a correr. No lo hace.
La novela cruza dos mundos que parecen no tocarse —la maquinaria fría de un poder que se construye con dinero, miedo y resentimiento, y la jungla donde un joven busca a los suyos— y los tensa hasta que se reconocen. En el centro late un objeto perdido hace seis décadas, capaz de mover ejércitos, votos y biografías enteras.