Entre 1945 y 1950, Wilfred Thesiger recorrió a lomos de camello el Territorio Vacío del sur de Arabia, una extensión de arena y grava que entonces seguía casi sin cartografiar.
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Entre 1945 y 1950, Wilfred Thesiger recorrió a lomos de camello el Territorio Vacío del sur de Arabia, una extensión de arena y grava que entonces seguía casi sin cartografiar. Compartió hambre, sed y peligro con los bedu que lo guiaron, y de esa convivencia nació un relato que es a la vez crónica de exploración y elegía por un modo de vida que el petróleo borraría poco después. Un clásico del género escrito con sobriedad y devoción.
Publicado en 1959 con el título original «Arabian Sands», este libro recoge los viajes que Wilfred Thesiger emprendió entre 1945 y 1950 por el Territorio Vacío y sus márgenes, aprovechando encargos diplomáticos y misiones científicas —entre ellas el control de plagas de langosta— para adentrarse en una región que los europeos apenas habían pisado. Dieciséis mil kilómetros a lomos de camello, con el rifle en la mano y la mirada fija en el horizonte por temor a las partidas de bandoleros, componen el itinerario de una travesía en la que el hambre, la sed y el agotamiento no son incidentes del relato: son su materia misma.
Thesiger no viaja como turista ni como investigador. Viaja como uno más entre los bedu, las tribus nómadas criadoras de camellos que le enseñan a leer la arena, a racionar el agua y a sostener la marcha sin quejarse. Dos compañeros jóvenes, bin Kabina y bin Ghabaisha, se convierten en el centro afectivo del libro y en la prueba de su tesis: que la camaradería nacida de la privación compartida importa más que cualquier hallazgo cartográfico. Los capítulos iniciales, que se remontan a una infancia abisinia entre coronaciones, ejércitos en marcha y una primera expedición al país de los danakil, explican de dónde viene esa necesidad casi obstinada de buscar lo difícil.
El autor escribe consciente de estar documentando algo ya perdido. Cuando volvió a Omán y Abu Dhabi en 1977, los camellos habían cedido su lugar a los todoterrenos y las aldeas se habían convertido en ciudades con semáforos y refinerías. De ahí el doble filo de estas páginas: la precisión del explorador y el duelo por una forma de vida antiquísima que el crudo desmontó en apenas dos décadas. El resultado es tanto el mapa de un desierto como el de quien lo atravesó.
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