Cuatro personas se presentan la misma mañana en una comisaría para denunciar cuatro asesinatos distintos, ocurridos en la misma casa y a la misma hora.
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Cuatro personas se presentan la misma mañana en una comisaría para denunciar cuatro asesinatos distintos, ocurridos en la misma casa y a la misma hora. El problema es aritmético antes que moral: los muertos y los denunciantes son las mismas cuatro personas. Jenny, criminóloga contratada para resolver lo que la policía no sabe mirar, los interroga por separado y descubre que el expediente no esconde un cadáver, sino una semana de convivencia, deseo y provocación que ninguno de ellos quiere contar igual.
Un lunes cualquiera, sin ganas y sin entusiasmo, Jenny recibe la llamada de la comisaría treinta y seis. La cifra que le recitan al cruzar la puerta es imposible de acomodar: cuatro denuncias de asesinato, presentadas por cuatro personas distintas en cuatro momentos de la mañana, sobre cuatro presuntos asesinos, con cuatro víctimas testificadas y todo sucedido en la misma vivienda. Cuando pide los expedientes, Jenny advierte de inmediato lo que falta y lo que sobra: falta el testimonio del muerto, y sobra la coincidencia de que cada denunciante nombre a los otros tres. Los cuatro están detenidos en celdas separadas, sin saber que los demás también están allí.
Jenny no es policía. Estudió criminología y psicología criminal, y su oficio consiste precisamente en encontrar los vínculos que a los agentes se les escapan; su desprecio por la formación del cuerpo es explícito y no lo disimula ante Francisco, el mando que la convoca. Para forzar la comparación sin contaminarla, monta un dispositivo improvisado: cuatro despachos contiguos, cinco portátiles, cinco cámaras web y videoconferencias simultáneas que le permiten hablar con cada testigo como si fuera el único, cortar la conexión cuando le conviene y grabarlo todo. Así aparecen Juanjo, Isaías, Fanny y Claudia, cada uno vivo frente a la cámara, cada uno seguro de que otro de ellos ha muerto.
La segunda ronda de interrogatorios abandona la desaparición y retrocede al principio. Jenny ordena las declaraciones cronológicamente y las recorre día a día, empezando por el lunes en que Isaías llegó a la ciudad y alquiló la mitad del piso de Claudia. Ahí se abre el verdadero material del libro: un pacto de convivencia negociado en términos de puertas siempre abiertas, intimidad compartida y permisos explícitos, que en pocas horas deriva en una escalada de exhibición, provocación y masturbación consentida entre dos desconocidos que se miden constantemente. Cada episodio se cuenta dos veces, en primera persona y con detalle crudo, y el interés de Jenny es exactamente ese: dónde las dos versiones coinciden y dónde una de ellas empieza, deliberadamente, a torcerse.
Porque las versiones se separan. Un orgasmo que uno recuerda con entusiasmo y la otra dice no haber visto; una interrupción en la ducha que cada cual atribuye al otro; un fanfarrón según ella, una provocadora según él. Juanjo y Fanny, testigos laterales, aportan lo que a cada uno le contaron por teléfono, y con ello una advertencia sobre Claudia: es impulsiva, desmesurada tanto en lo que hace como en lo que inventa, la mujer que grita que viene el lobo. La investigación deja de ser sobre un cadáver y pasa a ser sobre qué está tapando cada declaración.
El interrogatorio también arrastra a quien lo conduce. Jenny reconoce que como mujer se siente influida por lo que escucha, pide a Francisco que la acompañe para tener otra mirada, y la tensión entre ambos —bromas, un roce, un recordatorio de jerarquía— corre en paralelo al expediente. Con nueve capítulos por delante, un plazo de veinticuatro horas para llevar a los cuatro ante el juez o soltarlos, y un pasillo lleno de abogados esperando, la pregunta que sostiene la novela no es quién mató a quién, sino qué sucedió realmente en ese piso para que cuatro personas vivas estén convencidas de que hubo un muerto.
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