En una Islandia rural de finales del siglo XIX, un joven poeta formado en Copenhague viaja a caballo hacia un valle remoto donde un hombre ha ahogado a su amante embarazada.
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En una Islandia rural de finales del siglo XIX, un joven poeta formado en Copenhague viaja a caballo hacia un valle remoto donde un hombre ha ahogado a su amante embarazada. Thor Vilhjálmsson entrelaza la travesía por la lava y el musgo con los recuerdos del deseo, la enfermedad y la ciudad, y convierte la instrucción de un crimen en una indagación sobre la culpa, la ley y el peso de una tierra dura sobre quienes la habitan.
Un cielo gris, arena, el rumor lejano de un río y del mar: la novela avanza al paso de dos jinetes por un malpaís de lava y musgo. Uno vuelve cambiado de un viaje anterior; el otro calla. Los lleva hacia el interior de la isla un crimen: en un vallecito, junto a una poza donde el arroyo se ensancha, un hombre ahogó a la mujer embarazada que lo seguía por el sendero. La escena se cuenta sin énfasis —unas ovejas que dejan de pastar, gansos sobre la lengua de arena, tres cisnes en el lago, dos juntos y otro un poco más lejos— y esa imagen queda vibrando en el resto del libro como una nota fija.
Frente a ese paisaje áspero se abre un contracampo: los años del protagonista en la ciudad europea donde ha estudiado, entre palmeras en macetones, orquestas, tabernas en penumbra y bibliotecas que le ofrecen todo lo que el género humano ha pensado. Convaleciente de una enfermedad que lo dejó mirando a la muerte de frente, siente el mundo recién estrenado y a sí mismo renacido. Allí lo elige una mujer mayor, de ojos azulísimos, dueña de un piso alto atestado de muebles heredados y de un pájaro de plata con las alas abiertas; de su boca saldrán un origen violento, una cita a la que nunca bajó del tren, un amante golpeado por viejos conocidos y un vecino que todavía sube a visitarla. El deseo, la ternura y la amenaza comparten habitación.
Entre ambos mundos circula una carta paterna sobre el oficio de juzgar: la máscara que un juez debe sostener para que no se le note la simpatía o el rechazo hacia quien tiene delante. El caso que describe es, justamente, el del hombre y la poza. El viaje a caballo se vuelve así trayecto judicial y descenso por la memoria, y nunca queda claro del todo qué recuerda el protagonista y qué ha imaginado.
Thor Vilhjálmsson escribe en una prosa de largo aliento, sensorial y desatada, donde el terreno —barrancos, glaciares, fuentes termales, casas de turba enterradas en la ladera— pesa tanto como los actos de sus personajes. El resultado es una novela sobre la culpa y la ley, sobre lo que una tierra inclemente imprime en quienes la habitan y sobre la distancia que separa siempre a un ser humano de otro.
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