Un neurólogo neoyorquino narra, bajo seudónimo, el caso clínico más inexplicable de su carrera: la muerte de varios pacientes que exhiben, antes y después de morir, una alternancia de terror y regocijo diabólico en el rostro, mientras un…
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Un neurólogo neoyorquino narra, bajo seudónimo, el caso clínico más inexplicable de su carrera: la muerte de varios pacientes que exhiben, antes y después de morir, una alternancia de terror y regocijo diabólico en el rostro, mientras un poderoso jefe del hampa lo involucra en la investigación de un fenómeno que la ciencia médica no puede explicar.
El doctor Lowell, prestigioso especialista en neurología y enfermedades mentales con clínica en dos grandes hospitales de Nueva York, decide romper su silencio profesional para poner en orden unas notas que ha conservado durante años bajo el título de ‘Los Muñecos de Madame Mandilip’. Consciente de que su relato desafiará el escepticismo de sus colegas, opta por publicarlo bajo seudónimo antes que arriesgar su reputación exponiendo hechos que la medicina ortodoxa no sabe explicar.
Todo comienza una madrugada de noviembre, cuando Lowell es abordado a las puertas del hospital por Julián Ricori, un influyente y temido jefe de los bajos fondos de la época de la ley seca, que trae consigo a un hombre de su entera confianza, Tomás Peters, sumido en un estado de parálisis total y con una expresión de terror en los ojos que el médico jamás ha visto igual. Ricori, dispuesto a pagar cualquier suma por salvar a su hombre o al menos por entender qué lo ha reducido a ese estado, exige que sea Lowell, y solo él, quien se ocupe del caso, y aposta a sus propios guardaespaldas junto al lecho del enfermo.
El reconocimiento clínico no revela herida, veneno ni enfermedad conocida capaz de justificar lo que Lowell observa: un cuerpo completamente fláccido, insensible a cualquier estímulo, y un rostro que oscila entre el pavor más absoluto y una alegría que el propio médico, hombre de ciencia, no puede describir sino como diabólica. Cuando Peters muere esa misma noche, su cadáver desarrolla una rigidez cadavérica de una rapidez nunca registrada, y antes de que el fenómeno se complete, Lowell y su ayudante son testigos de manifestaciones que ponen a prueba los límites de la explicación médica.
Inquieto por lo sucedido, Lowell envía un cuestionario confidencial a los médicos de la ciudad preguntando por casos similares, y descubre que, en los meses anteriores, otras siete personas —de edades, oficios y posiciones sociales muy distintas— han muerto en circunstancias idénticas: el mismo terror fijo en la mirada, la misma inexplicable premura del rigor mortis, y en varios casos, inquietantes indicios de que la conciencia del paciente persistió incluso después de la muerte física. Uno de los médicos consultados aporta además un detalle que estrecha el círculo: una de las víctimas vivía a pocos pasos del domicilio de Peters.
A medida que la amistad entre el científico escéptico y el temido Ricori se afianza —y con ella, la presencia constante del rudo pero leal guardaespaldas McCann—, la investigación empieza a apuntar hacia algo que ni la patología ni la lógica policial pueden contener: una fuerza antigua, oculta bajo capas de folclore y superstición, que amenaza con seguir cobrando víctimas si nadie logra identificar su origen a tiempo.