Dos relatos que comparten una misma inquietud: lo que ocurre cuando alguien cuenta una historia que no le pertenece. En el primero, un periodista aprovecha una fiesta de celebración —el ascenso de una vieja rival en el Ministerio de…
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Dos relatos que comparten una misma inquietud: lo que ocurre cuando alguien cuenta una historia que no le pertenece. En el primero, un periodista aprovecha una fiesta de celebración —el ascenso de una vieja rival en el Ministerio de Cultura— para reconstruir en voz alta la biografía de Walter Navarrete, escultor chileno de vida improbable y muerte sin cuerpo. En el segundo, un joven varado de noche en una carretera rural acepta el auxilio de una pareja que administra un refugio de perros, y descubre que la hospitalidad también puede ser una forma de encierro. Prosa de tono conversacional, humor ácido y una amenaza que crece por acumulación de detalles.
Un primer sábado de marzo, en una casa de Ñuñoa, un grupo de funcionarios culturales celebra el nombramiento de la anfitriona como subdirectora del Ministerio. Entre el vino y las conversaciones sobre colegios sin mochilas y muebles reciclados, el narrador —periodista, divorciado, con un artículo sin entregar y una envidia que no consigue disimular— tropieza en el patio con un ídolo de yeso de rostro apretado y ojos hundidos. La anfitriona lo atribuye a un escultor de moda; él, por el placer de contradecirla en público, pronuncia otro nombre: Walter Navarrete.
De ahí nace un relato dentro del relato. Nacido en 1974 en un pueblo de paso, salvado de una neumonía por una curandera, criado por un tío abstemio bajo la órbita de un pastor que promete abundancia, Navarrete aprende a soldar en un taller de calle San Diego y convierte la chatarra en zoológicos de metal. Lee ciencia ficción y, sobre todo, a Lovecraft, que le enseña la insignificancia humana frente a la antigüedad del tiempo. Abandona la carrera de Artes, acepta un encargo municipal en San Antonio, es descubierto por casualidad por un artista japonés que se lo lleva a Tokio, y regresa nueve meses después a una casa donde su madre ya ha muerto. Lo que sigue —un taller sin teléfono en Lampa, bestiarios monumentales, la destrucción deliberada de su propia obra, una crisis espiritual y una nota que fija el fin del mundo en 2004— llega al lector filtrado por un narrador que admite estar improvisando una “cínica interpretación”. Cuando la audiencia reacciona con una indignación desproporcionada y se marcha en una camioneta polvorienta, el cuento deja abierta la sospecha de que la ficción del narrador era menos ficticia de lo que él creía.
El segundo relato, encabezado por una cita de Juan Rulfo, cambia el registro sin abandonar el procedimiento. Un joven sin abrigo ni dinero espera en un paradero de adobe la primera micro de la madrugada; recuerda un truco aprendido de un cantor trashumante y se forra los zapatos con hojas de diario. Entonces aparece una camioneta y una mujer amable que ofrece comida, cama y un teléfono. La casa está a oscuras —hubo una tormenta, explican—, los perros del refugio ladran sin descanso en sus jaulas y el matrimonio repite, como un proverbio, que siempre es un gusto tener visitas. Los indicios se acumulan en silencio: una llamada que nadie escucha, un socket cubierto de telarañas, una mirada intercambiada demasiado rápido. El texto avanza hacia esa noche sin ofrecer la salida, confiando en que el lector ya percibió lo que el huésped, hambriento y agradecido, prefiere no ver.
Ambas piezas trabajan con el mismo material: narradores poco fiables, comunidades que administran el prestigio ajeno, la frontera porosa entre el mito y el dato verificable, y una violencia que nunca necesita mostrarse para estar presente.
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