Un niño escapa de la casa donde ha vivido cautivo y se lanza al río con un único bien: un pergamino firmado por su madre. Río abajo lo rescata Edward Harris, enterrador y "viajero del Borde", que lo cura sin pedir nada a cambio.
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Un niño escapa de la casa donde ha vivido cautivo y se lanza al río con un único bien: un pergamino firmado por su madre. Río abajo lo rescata Edward Harris, enterrador y "viajero del Borde", que lo cura sin pedir nada a cambio. Pero la Señora que lo poseía no renuncia a sus tratos: sus manos y su bandada de pájaros muertos siguen el rastro del calor del niño. La huida lo lleva hasta un umbral de dunas donde unas piedras abren caminos entre mundos.
Ulsur tiene unos diez años y los ojos de un viejo. Ha crecido en una cabaña donde una mujer llamada Calema —la Señora— negocia deseos: los desesperados cruzan la laguna cargando lo más valioso que poseen y firman un pergamino para obtener aquello que ansían. Casi siempre Ella desprecia el oro, las pieles, los manjares; solo acepta lo que de verdad duele entregar. El niño fue uno de esos pagos. Su madre, Ereine, lo cambió por el camino hacia un lugar llamado Araneida.
La novela arranca con la fuga: una carrera por el bosque al caer la tarde, una rodilla abierta, una rama arrancada de la tierra y un río que promete llevarlo lejos. Lo que persigue al niño no son perros ni hombres, sino manos que fluyen a ras de suelo, cubiertas de ojos, y una bandada de pájaros muertos que buscan una abertura por donde entrar en su cabeza. La Señora no corre: se mece en su mecedora, se desprende la piel del rostro tira a tira y espera. Tiene todo el tiempo del mundo.
Aguas abajo lo encuentra Edward Harris, que pesca truchas, entierra muertos y guarda en un baúl cerrado libros iluminados y una estatuilla de mujer con cabeza de pájaro. Durante dos semanas cura la pierna del chico, le da de comer y no le pregunta nada, y esa ausencia de precio desconcierta a un niño educado en la certeza de que nadie da algo por nada. Entre ambos crece algo parecido a la confianza, justo antes de que la oscuridad los alcance a plena luz del día.
De esa persecución nace un descenso: una cripta bajo un templete en ruinas, un túnel de piedra que ilumina y devuelve fuerzas, y al final el Borde, un desierto de dunas y cuerpos dormidos donde las piedras arrojadas abren puentes. Harris entrega al chico un puñado de esas piedras y la ropa de un niño al que enterró el día anterior, y lo deja marchar solo. Al otro lado, Ulsur cae en una habitación con luz eléctrica, teteras que silban y libros de fotografía que toma por brujería, donde lo recibe un Harris envejecido que no lo esperaba. Para él ha pasado un instante; para el mundo, años.
Primera parte de una historia sobre el precio de los deseos, la búsqueda de una madre y el terror doméstico que se instala en las casas donde alguien se mece, atrás y adelante.
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