Ambientada en el Pirineo aragonés del siglo XIII, esta novela histórica de Beatriz García Aloras sigue el rastro de los almogávares, los guerreros de montaña que hicieron de la frontera su casa y del combate su forma de subsistir.
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Ambientada en el Pirineo aragonés del siglo XIII, esta novela histórica de Beatriz García Aloras sigue el rastro de los almogávares, los guerreros de montaña que hicieron de la frontera su casa y del combate su forma de subsistir. De un amanecer helado de 1209, cuando un escuadrón de doce hombres parte del Monasterio de San Juan de la Peña hacia un campamento enemigo, la narración salta a 1255, cuando un peregrino moribundo aparece bajo la nieve del Somport y es rescatado por un grupo de caminantes de paso hacia Santiago. En el Hospital de Santa Cristina, quien lo atiende reconoce en ese cuerpo maltrecho a un viejo conocido, y con él vuelve un pasado que la nieve no logró sepultar.
En las aldeas al pie de los montes, la vida transcurre entre el sonido de la gaita, el silencio de los bosques y la certeza de que alguien vela en la altura. Allí arriba, ajenos al abrigo de las casas, están los almogávares: hombres endurecidos por la intemperie que combaten sin caballos ni escudos, armados con poco más que un cuchillo, unos dardos y una determinación que sus enemigos no saben cómo enfrentar. Beatriz García Aloras reconstruye ese mundo desde dentro, con atención al detalle material —el cuero de las abarcas, el pan del zurrón, la piedra de fuego— y también a lo que sostiene a esas gentes: el orgullo, la rabia acumulada, la fe que precede al degüello y la idea de que la tierra que pisan les pertenece por derecho.
La novela abre en la madrugada del 28 de febrero de 1209. Doce hombres al mando de Belián, antiguo pastor convertido en caudillo por elección de sus compañeros, salen de la iglesia del Monasterio de San Juan de la Peña tras rezar, cruzan la roca y el monte hacia Jacca y descienden, después de horas de nieve y frío, sobre un campamento sarraceno dormido. El choque de hierros y el grito que recorre el valle inauguran una escena fundacional: la de un modo de guerra que se explica menos por el número que por la ferocidad y el conocimiento absoluto del terreno.
Casi medio siglo después, en 1255, un hombre de cincuenta y dos años se derrumba sobre la nieve mientras su vista se apaga y las imágenes de su pasado se le imponen con nitidez. Es Vallesius, un cuerpo remendado por las heridas y un alma dividida entre el orgullo y el remordimiento. Cerca de allí avanza un grupo heterogéneo de peregrinos llegados de Arles —devotos, dos prostitutas, un desertor, un peregrino de alquiler, dos delincuentes que cumplen penitencia—, unidos por conveniencia frente a los ladrones y guiados por la necesidad más que por la fe. Entre la niebla, los buitres y el miedo, tropiezan con el cuerpo y descubren que aún respira.
El rescate los lleva al Hospital de Santa Cristina de Somport, refugio nacido de una leyenda y sostenido por la caridad, donde el canónigo hospitalero Satornil espera con impaciencia la llegada de un enfermo que da por perdido. El reencuentro que se produce en esa habitación —un abrazo hecho de afecto, nostalgia y viejos recelos— abre la puerta a la verdadera historia: la de una vida almogávar contada desde su final, con todo lo que el tiempo ha convertido en deuda, en memoria y en pregunta sin respuesta.
Con una prosa detallista y de aliento descriptivo, en la que el viento, la nieve y la piedra funcionan casi como personajes, la autora combina la crónica de la violencia fronteriza con el retrato íntimo de quienes la sostuvieron: los combatientes, sí, pero también las madres que lloraban de noche para no flaquear de día, los niños que aprendían a pelear jugando y los ancianos que veían partir a los suyos sabiendo que quizá no volverían. El resultado es una novela sobre la pertenencia a una tierra y sobre el precio que se paga por defenderla.
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