En 1994, un guionista veterano recibe dos llamadas casi simultáneas: una cadena estadounidense quiere convertir El prisionero de Zenda en miniserie y, horas después, Stanley Kubrick pregunta si está libre.
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En 1994, un guionista veterano recibe dos llamadas casi simultáneas: una cadena estadounidense quiere convertir El prisionero de Zenda en miniserie y, horas después, Stanley Kubrick pregunta si está libre. De ese cruce nace esta crónica en primera persona del encargo que el director llevaba más de veinte años persiguiendo: un relato de despachos, comidas eternas, contratos y llamadas telefónicas donde se decide, en voz baja, qué se escribe y por qué.
El libro arranca con una intriga menor: durante meses, una productora estadounidense pregunta por el narrador sin querer decir para qué. La respuesta —una miniserie sobre El prisionero de Zenda— lo lleva a París, a una comida que empieza a las tres menos cuarto porque el ejecutivo se ha quedado dormido en su suite. Esa escena, escrita en formato de guion, con acotaciones y encuadres, fija el tono: la industria vista desde la silla del que espera, con hambre y sin garantías.
La segunda llamada cambia el cálculo. Un agente pregunta si le interesaría trabajar con Kubrick; nadie sabe en qué proyecto. El narrador acepta antes de saber nada, deshace lo que tenía casi cerrado y espera en un hotel de Menorca —con la discoteca bajo la habitación— una conversación pactada por franjas horarias. Kubrick no adelanta el material: solo pregunta si lo leerá.
Lo que llega por mensajería son fotocopias de las páginas centrales de un texto antiguo, con el título y el nombre del autor recortados. Es una novela vienesa de fin de siglo: un médico y su mujer se confiesan deseos no consumados, y esa sinceridad empuja a él a una noche de disfraces, contraseñas y una fiesta secreta de la que sale con una deuda moral que no consigue saldar. El narrador la resume entera —los sueños, las mujeres que aparecen y se desvanecen, el depósito de cadáveres— y luego discute, con su mujer y con el propio director, si algo de eso puede filmarse: si un sueño soporta ser mirado desde fuera, si los sobreentendidos sobre el matrimonio y los celos han envejecido tanto como parece. La decisión de Kubrick, escueta, traslada la historia al Nueva York del presente.
Alrededor de ese núcleo se despliega la otra mitad del libro: retratos de directores con los que el narrador trabajó o estuvo a punto de hacerlo, cenas donde se juega a declarar lo que nunca se ha hecho, ecos de la lista negra, y una descripción sin adornos de cómo se cotiza a un guionista, cómo se le paga por entregas y por qué nada empieza hasta que los abogados terminan. Memoria profesional y anatomía del oficio a la vez, contada con oído para el diálogo y poca indulgencia consigo mismo.