Abril de 1588. En Lezo, una aldea guipuzcoana volcada sobre los astilleros y la ría, llegan dos cartas desde Lisboa que trastocan a una familia: el padre, el mejor carpintero de ribera y calafate del pueblo, ha caído enfermo entre la gente…
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Abril de 1588. En Lezo, una aldea guipuzcoana volcada sobre los astilleros y la ría, llegan dos cartas desde Lisboa que trastocan a una familia: el padre, el mejor carpintero de ribera y calafate del pueblo, ha caído enfermo entre la gente embarcada en la Armada que el rey prepara contra Inglaterra. Miguel Bidarte, diecisiete años y mano fina para la pluma, parte con su primo Esteban —clérigo al que se ofrece la capellanía de la nao Santa Ana— en un convoy de arrieros que transporta arcabuces y herrajes hasta La Coruña. Va a buscar a su padre; encontrará, de camino, la trama humana de una empresa que la historia recuerda como desastre.
La novela arranca por el final: una carta escrita en diciembre de 1588 desde la abadía de San Salvador de Leire, en Navarra, donde un capellán de la nao Santa Ana se ha retirado a rehacerse el ánimo. Escribe a su primo, escribano de la escuadra de don Miguel de Oquendo, y cuenta lo que no puede contar a los monjes que lo tienen por clérigo estrafalario y arrojado: que de ciento treinta navíos han vuelto sesenta, que de treinta mil hombres se ignora el paradero de más de la mitad, y que lo que trajo de la mar no fue gloria sino una retahíla de debilidades y miserias de la condición humana. Con ese saber puesto delante, el relato retrocede a la primavera anterior y deja hablar al muchacho que aún no sabe nada.
Es Miguel quien narra. En Lezo, la noticia de que su padre figura en la lista de enfermos de modorra convierte la casa en plaza pública: llegan madres, hermanas y marineros de las aldeas vecinas a preguntar por listas de fallecidos, a maldecir el hacinamiento de las naos amarradas meses en el Tajo, el agua corrompida, las levas del corregidor, los embargos de pataches que la Corona paga tarde y mal. De esa reunión sale un pliego de agravios dictado alrededor de una mesa; de la misma mesa sale la decisión del viaje. Antes de partir hay que despedirse: de una abuela que en vascuence lo llama valiente, de un tío que se esconde en el monte para que no lo enrolen, de un tío del que en casa nunca se habla, de una muchacha de la taberna de la calle de San Juan que apenas levanta la vista del suelo que barre, y de doña María de Oquendo, que en su oratorio de Ulía enseña tallas y platas de Indias y entrega una carta para su marido.
El camino ocupa el corazón del libro. Veinte jornadas por la costa, el puerto de Salinas, Vitoria y las tierras de Castilla, con un arriero mayor al frente, mulas, criados y una carga que se toma de noche en un cobertizo escondido porque no ha pasado por el gremio. Con ellos van un viejo maestre que conoce las aguas del Canal y quiere volver a ellas, y un mercader arruinado que camina embozado y va soltando, a la luz de la luna, la historia de una mujer muerta de fiebres, unos cuñados que compraron su cabeza y unos hijos que le fueron arrancados.
Escrita con la voz de un aprendiz de escribano —atento a lo que se dice y a cómo se escribe—, esta es una crónica de la Armada vista desde abajo y desde tierra: la de los pueblos que aportaron los galeones y los hombres, y esperaron después el regreso de naos que creían solo rezagadas.
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