A las cuatro de la madrugada, encerrada en el baño diminuto de un hotel de Londres, Abril empieza a escribir un diario porque un vídeo de meditación le ha prometido que poner las cosas por escrito alivia la culpa.
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A las cuatro de la madrugada, encerrada en el baño diminuto de un hotel de Londres, Abril empieza a escribir un diario porque un vídeo de meditación le ha prometido que poner las cosas por escrito alivia la culpa. Tiene veintinueve años, trabaja en el departamento de eventos de una multinacional y ha viajado a un congreso con Martí Camps, su jefe, a quien detesta con una minuciosidad casi profesional. Entre unas copas de más, un beso imprudente en el pasillo y una puerta abierta con demasiada fuerza, los dos acaban con un hombre muerto en el suelo y un plan pésimo: esconderlo en el armario, fingir que pasaron la noche juntos y esperar el momento adecuado para «descubrir» el cadáver. Una comedia negra narrada a golpe de entrada fechada, con el pulso acelerado y el humor intacto.
Todo empieza con una llamada a deshora. Abril —veintinueve años, poca asertividad y una capacidad notable para el monólogo interior— recibe la orden de hacer la maleta en tres horas: se va a Londres, a unas sesiones de estrategia, con Martí Camps. Martí es esa clase de superior que administra la culpa en dosis pequeñas, que reparte consejos de manual de liderazgo y que confunde la incompetencia propia con la falta de iniciativa ajena. Ella lo sabe, lo formula con precisión quirúrgica en su cabeza y, aun así, dice que sí, como dice que sí a casi todo.
Lo que ocurre esa noche cabe en una frase y no cabe en ninguna cabeza: alcohol, un ascensor, un impulso, una puerta que se abre de golpe y un desconocido que ya no vuelve a levantarse. Cuando la resaca todavía no ha empezado y el pánico sí, Martí descarta llamar a la policía y propone una alternativa: montar un hallazgo creíble ante testigos, sostener la coartada de una noche de sexo que en realidad no existió y, mientras tanto, guardar el cuerpo en el armario de la habitación. Abril compra guantes de goma y ambientadores en la tienda de una gasolinera, discute sobre si conviene el aroma a lavanda o el de ventanas abiertas, frota la moqueta con quitaesmalte y, en algún punto de la madrugada, comprende que la frontera entre el infortunio y el delito la han cruzado ellos solos, por su propio pie.
A la mañana siguiente, fingiendo tomar apuntes en una sala llena de ejecutivos, descubre el detalle que convierte el accidente en catástrofe: el muerto tiene nombre, apellidos y cargo. Andrew Werkert, cuarenta y dos años, es el ponente que debía hablar a continuación y uno de los máximos responsables de la compañía para la que ambos trabajan. A partir de ahí, cada hora del congreso es una cuenta atrás, y el plan —ya de por sí frágil— tiene que ejecutarse con dos culpables agotados, un ataque de ansiedad de por medio y una libreta que registra por escrito todo aquello que jamás debería registrarse.
La obra está construida íntegramente como diario: entradas fechadas y marcadas por la hora, dirigidas a un cuaderno regalado con una revista al que la protagonista trata como confidente, como testigo incómodo y, cada pocas páginas, como prueba incriminatoria que promete destruir y nunca destruye. El humor nace del contraste: mientras la trama avanza hacia lo irreversible, la voz narradora sigue preocupada por el olor del ambientador, por la factura del móvil, por sus amigas que se casan o por si el asistente sentado a su lado entiende el español que garabatea. Es a la vez comedia negra de oficina, sátira del lenguaje corporativo y retrato de alguien que descubre, demasiado tarde, que decir que no —a un jefe, a una copa, a un plan absurdo— habría sido lo más difícil y también lo único sensato.
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