En un pueblo de pescadores donde el mar dicta el ritmo de los días, dos adolescentes se cruzan durante unas vacaciones que ninguno de los dos eligió del todo.
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En un pueblo de pescadores donde el mar dicta el ritmo de los días, dos adolescentes se cruzan durante unas vacaciones que ninguno de los dos eligió del todo. Samuel ha crecido buceando entre rocas y sueña con una vida marinera que su madre se empeña en cambiarle por los libros; Claudina llega de la ciudad con dos asignaturas pendientes, sin cobertura ni amigos, convencida de que el verano será interminable. Entre la cala, la venta del pueblo y las historias de naufragios que guarda la memoria de los mayores, «Aquel verano» narra el descubrimiento lento de un lugar y de uno mismo.
La novela se abre en una mañana sin nubes, con las gaviotas midiendo una playa vacía y los tejados naranjas de un pueblo recostado bajo la colina. Allí vive Samuel, un muchacho que aprendió a bucear sin que nadie se lo enseñara y que se aburre frente a los folios de matemáticas que su madre le impone: lo suyo, se repite, es la mar y la pesca. Ella lo sabe —reconoce en sus manos las de su padre y su abuelo— y precisamente por eso lleva años ahorrando para mandarlo a estudiar a la ciudad. En ese pulso silencioso entre la sangre y el porvenir se instala el primer conflicto del libro.
A la casa de la colina, que Samuel y su madre preparan al comienzo del verano, llega Claudina con sus padres. Para ella el viaje es un castigo encubierto: un pueblo sin nadie de su edad conocido, sin móvil ni ordenador, con dos asignaturas suspensas y unas novelas voluminosas esperando en la mochila. La casa, blanca y de ventanas azules, con una veleta en forma de pez sobre el tejado, se asoma a una cala rocosa, a una plaza con ermita y a una urbanización turística a medio hacer que resume el desconcierto del lugar. Desde la ventana, Claudina piensa que allí el tiempo se ha detenido; poco después, sentada en una roca, ve ponerse el sol y descubre que el mar es lo único bueno del sitio.
El encuentro entre los dos jóvenes no empieza bien. Samuel la juzga por su acento de ciudad y su seguridad; Claudina se marcha molesta, con la sensación de estorbar en una cala que no es suya. Alrededor de ese malentendido, la autora despliega un coro de personajes que sostienen el pueblo: Laura, la prima habladora y conciliadora que hace de puente; Higinio y Rosalba, dueños de la venta que es a la vez taberna y centro de la vida común; Vladimiro, el alfarero anciano que perdió a su mujer y a su hijo y que solo encuentra sosiego con las manos en el barro; y Netrea, la mujer a la que en el pueblo llaman bruja y cuya aparición junto al acantilado deja en Samuel una promesa inquietante que no se atreve a contar a nadie.
El pasado pesa tanto como el paisaje. El padre de Claudina, que veraneó allí de niño, le cuenta la historia del viejo Nicolás: un abuelo nacido entre tarajales mientras su madre esperaba en vano a un marido que el mar se llevó la víspera de San Juan, y que años después vio volver del temporal a uno solo de sus dos hijos. Esa herida, contada casi como una leyenda de pueblo, explica los miedos heredados, las precauciones de las madres y la terquedad de los que insisten en salir a pescar. La historia, se dice en el libro, se repite.
Con una prosa sensorial atenta a la luz, a la marea y a los restos que el agua deposita en la orilla, Cecilia Domínguez Luis construye una novela de iniciación sobre el choque entre dos formas de vida y sobre lo que se aprende cuando uno se queda a solas con un lugar. El humor doméstico de las discusiones familiares convive con un fondo de duelo y superstición, y la cala funciona como escenario y como espejo: allí se espía, se nada, se sueña y se empieza a mirar al otro sin prejuicios. Dedicada por la autora a sus hijas «por todos los veranos», la obra invita a leer ese tiempo suspendido de la adolescencia en el que un verano cualquiera termina cambiándolo todo.