En un glaciar de la Patagonia, un guía de trekking y su clienta descubren, atrapado a varios metros bajo el hielo, un objeto imposible: tiene forma de teléfono, símbolos que nadie sabe leer y una antigüedad de decenas de miles de años.
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En un glaciar de la Patagonia, un guía de trekking y su clienta descubren, atrapado a varios metros bajo el hielo, un objeto imposible: tiene forma de teléfono, símbolos que nadie sabe leer y una antigüedad de decenas de miles de años. Lo que empieza como una travesía tensada por los celos de una novia ausente deriva en una investigación clandestina que el guía quiere mantener lejos de las autoridades. Aquarius, de Julián E. Harguindey, arranca como relato de montaña y se abre hacia el enigma.
Aquarius transcurre en la Patagonia argentina, sobre un río de hielo que tarda decenas de miles de años en llegar al lago. Javier Anzoátegui, guía de montaña, encara el ascenso junto a Carla, una clienta a la que apenas conoce: esa misma mañana su novia, Silvia, le exigió elegir entre ella y la travesía, y él se negó a aceptar el ultimátum. La primera parte de la jornada avanza entre crampones, sándwiches y una conversación que roza temas incómodos —los celos, la libertad de elegir, las carreras profesionales, el desencuentro entre hombres y mujeres de una misma generación— con la aspereza cordial de dos desconocidos obligados a compartir el paisaje.
El punto de quiebre llega cuando el hielo se vuelve translúcido. A varios metros de profundidad, Carla distingue algo que parece un teléfono celular. Javier descarta una a una las explicaciones razonables: no hay perforación previa, no hay derretimiento posible, no están en los márgenes donde el glaciar conserva sin triturar lo que arrastra. Ampliada más tarde en una notebook, la imagen muestra un cuerpo sin botones, sin pantalla, sin puertos, con signos grabados que no coinciden con ninguna escritura conocida. La conclusión que Javier se atreve a formular —una tecnología imposible para la época en que ese hielo todavía era nieve— es también la puerta de entrada al conflicto de la novela.
Desde ahí el relato se abre en dos frentes. Uno es práctico y conspirativo: cómo volver al punto marcado en el GPS, cómo extraer el objeto, con qué excusas y con qué dinero, y por qué mantenerlo lejos de la burocracia y de manos indeseables. El otro es humano y se juega puertas adentro del refugio, donde el encargado administra el vino y las tensiones de una mesa con demasiados hombres, una mujer que sabe sostener su lugar y una patrulla de guardaparques que llega con la noche. El paradero de Silvia sigue sin respuesta por radio, y la atracción que Javier empieza a sentir por su compañera de marcha complica cualquier cálculo.
Harguindey trabaja con diálogo abundante y un registro rioplatense reconocible, y apoya la verosimilitud en el detalle técnico —la mecánica de los glaciares, los códigos del trekking, la logística de los refugios— para que lo extraordinario aparezca sin estridencias: como una anomalía que dos personas comunes deben decidir qué hacer con ella. El resultado es una novela de descubrimiento y secreto, donde la pregunta científica y la pregunta íntima avanzan al mismo ritmo.