Poemario de Florentino Huerga que reúne una voz obrera y testimonial: versos de amor áspero, memoria familiar y denuncia social donde conviven el andamio, la mina y el rocío. Con prólogo de M. V. M.
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Poemario de Florentino Huerga que reúne una voz obrera y testimonial: versos de amor áspero, memoria familiar y denuncia social donde conviven el andamio, la mina y el rocío. Con prólogo de M. V. M., el libro reivindica una poesía comunicativa —crónica en verso del "español peatón de la Historia"— que canta lo cotidiano sin renunciar a la esperanza.
«Cuando cierres mi libro / sentirás un alivio en las manos / como si tiraras al suelo un lagarto», advierte el poeta en el umbral de esta obra. La declaración funciona como contraseña: lo que sigue no ofrece consuelo decorativo ni «soplos divinos», sino un libro que se presenta a sí mismo como un hombre «que lleva un pañuelo, / una gorra y un palo», un hombre que escupe y mancha de sangre el andamio.
El volumen se abre con un prólogo firmado por M. V. M. que sitúa la obra en un mapa preciso: el de una cultura escindida entre la palabra culturalista, encaramada a sus propios cerros, y la palabra combativa que circula por el subsuelo. El prologuista sostiene que ninguna de las dos alcanza a su destinatario, no por defecto de los caminos elegidos sino por la falta de vínculos entre emisor y receptor en un país donde los sectores más combativos no leen poemas. Contra ese diagnóstico, reivindica la poesía de Huerga como un caso raro de trasvase logrado: un lenguaje depurado puesto al servicio de la comunicación, «periodismo comprometido» en verso, obra de un poeta-cronista que ejerce de médium de una clase silenciada.
Los poemas confirman esa lectura desde registros muy distintos. Hay una línea amorosa insistente y contradictoria —«voy a salir contigo», «puede suceder», «cuando te besé»— donde el deseo aparece siempre entreverado de intemperie: los besos fríos que queman, la mujer casada a la que se intenta borrar «con un dolor muy largo» y que resucita desnuda de las aguas, el amor que no cabe en la casa y hay que colgar del alero para que los pájaros aniden y el tiempo lo deshaga a picotazos.
Otra línea, más honda, es la del inventario moral. «Me arrepiento» encadena una letanía de culpas que no son culpas propias sino heridas del siglo: los niños ateridos, las madres buscando pan entre rastrojos, el aborto sin sitio, el pájaro tenido dos horas en la mano que era «muchos azules, / muchos árboles, muchos puentes». En «¿qué queréis?» el poeta convierte esa incomodidad en poética explícita y rechaza cantar a la rosa mientras el napalm quema niños y palomas; «amar lo despreciable» lleva el gesto al extremo, amando lo podrido, las chabolas, las costras en las manos de los niños.
El libro alcanza su registro más grave en los poemas de duelo colectivo. «Yo digo de mi padre» y «alguien» reconstruyen una infancia a la que alguien puso un pico y una pala en las manos, pero también el cielo azul y la esperanza junto al tronco. «a juan galea» sigue a un emigrante que llega a la estación de Francia con el hato al hombro y muere a los veintisiete años sin que la ciudad lo advierta; las elegías a los mineros de Turón y a tres obreros muertos ponen nombre al dolor organizado por guardias civiles y misas prometidas, y proyectan un día en que del monte bajarán a los caminos «hombres con voz y voto de la mina». Un largo poema final, convocatoria de hermanos «de la tiniebla», cierra el conjunto entre el presagio y el puño cerrado, recordando el ayer de globos y amapolas para pedir que se recojan uno a uno los cristales rotos de la mañana perdida.
El resultado es una obra de dicción reconocible: imágenes concretas y terrestres —yerba, rocío, andamio, escupidera, ceniza—, anáforas que trabajan como martilleo y una sintaxis que busca la máxima sinceración con quien lee. Un libro que se entiende a sí mismo como señas de identidad colectiva y que, incluso en su intemperie, deja abierta una ventana: «la esperanza que nos abre una ventana / donde podemos ir aupando el corazón a una aventura».
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