Una veterinaria especializada en conducta animal y un hombre imposible de descifrar se conocen por culpa de un perro sin pelo que no deja de temblar.
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Una veterinaria especializada en conducta animal y un hombre imposible de descifrar se conocen por culpa de un perro sin pelo que no deja de temblar. Comedia romántica con triángulo insólito: ella cura ansiedades caninas, él esconde a qué se dedica de verdad, y el pequeño crestado chino que los une resulta ser el único testigo de algo que nadie debería haber visto.
La doctora Emma Jenkins ha construido su consulta, Wit’s End, sobre una premisa sencilla: los animales siempre hacen las cosas por un motivo. Descifrar ese motivo es su oficio, y se le da bien. Lo que no había previsto era que un martes cualquiera entraran por la puerta de la sala de reconocimiento dos criaturas igual de indescifrables: un crestado chino de tres kilos que orina de puro pánico y lleva un collar de púas absurdo para su tamaño, y el hombre de traje impecable que lo sostiene sin saber muy bien cómo se sostiene un perro.
Thomas Tobin dice ser consultor empresarial. Ha alimentado al animal con pienso del tamaño equivocado, nunca le ha cortado las uñas y desconoce que la ropa de perro sirve para dar calor, no para hacer una declaración de estilo. Tampoco tiene intención de quedarse con él: solo pretende dejarlo en condiciones y colocarlo en un hogar de verdad. Emma, que ha visto pasar por su consulta a dueños mucho peores, detecta algo distinto en este: escucha, aprende rápido y, sobre todo, esconde bastante más de lo que cuenta. Entre ejercicios de relajación, recetas y listas de la compra, ambos descubren que la atracción llega a destiempo y sin permiso, y que ninguno de los dos está preparado para admitirla. Ella se ha prometido una vida sin complicaciones tras un divorcio y una racha de citas desastrosas; él ha aprendido a mirar a todo el mundo buscando el defecto oculto y a no bajar la guardia jamás.
El tercer protagonista es el propio perro. Hairy tiene voz, opiniones y una memoria que preferiría no tener: la de un dueño anterior que murió de forma violenta y de un ruido, el de una batidora, que ahora lo persigue. Su ansiedad por separación tiene un origen mucho más concreto de lo que Emma puede sospechar, y su nuevo cuidador sabe perfectamente cuál es, porque su verdadero trabajo tiene poco que ver con las consultorías y mucho con lo que ocurrió aquella cocina.
Ambientada entre las granjas del condado de Howard y las oficinas de Baltimore, y salpicada de partidas de póquer, humo de puro y amistades con más lealtad que tacto, la novela alterna el punto de vista de los dos adultos con el del animal para construir una comedia romántica de tono cálido y humor seco. Lo que empieza como un caso clínico complicado —adaptación doméstica fallida, ataques de pánico, un perro que no confía en nadie— se convierte poco a poco en el terreno donde dos personas acostumbradas a protegerse aprenden, con la torpeza de quien nunca lo ha hecho, a dejarse cuidar. Y todo con un plazo de por medio: la revisión de dentro de dos semanas.