En una mansión donde nunca ocurre nada, una criada con vocación de institutriz se cruza con el hermano del duque justo la noche en que una partida de cartas decide su destino.
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En una mansión donde nunca ocurre nada, una criada con vocación de institutriz se cruza con el hermano del duque justo la noche en que una partida de cartas decide su destino. Novela romántica de la Regencia sobre el deseo, la clase social y las apuestas que cambian una vida.
Laura Hawkins vive en el último piso de la mansión Sage Brook, en una habitación pequeña de techo inclinado donde acumula libros y sueños. Es criada al servicio de Norman Pembroke, duque de Bancroft, un señor tan retraído que su casa —enorme, sobrepoblada de personal, silenciosa— apenas exige trabajo real. Laura barre los mismos suelos, desempolva los mismos tomos y aprende francés por su cuenta, sosteniendo en secreto una ambición modesta y tenaz: llegar algún día a institutriz. Huérfana de padre y madre, hija de otra criada, sabe que su origen la ata a la servidumbre, y sin embargo su madre le enseñó que imaginar con detalle una vida distinta es la forma más honesta de esperarla.
La quietud de Sage Brook se rompe cuando se anuncia la visita de Edward Pembroke, hermano del duque. La cocina se enciende por primera vez en años, el mayordomo corre por los pasillos y, entre el revuelo, Laura alcanza a oír una conversación que la deja helada: Edward es escrupuloso con las cuentas familiares y podría concluir que sobra la mitad del servicio. La ilusión de la novedad se le mezcla con el miedo concreto a perder el único lugar que conoce.
Edward llega bajo una tormenta cerrada. Es todo lo contrario a su hermano: hombre de acción, de caza y de aire libre, atento al dinero de los Pembroke precisamente porque Norman no lo está. Lo trae a Sage Brook un intento de reconciliación tras una disputa financiera, y también una suma faltante en las cuentas del duque que aún no se atreve a nombrar. En el salón, un choque torpe —una taza rota, unas rodillas que flaquean, un par de manos que sostienen— basta para que Laura y Edward queden marcados el uno para el otro. Él aprende su nombre; ella descubre que la mortificación y el deseo se parecen demasiado.
Esa misma noche Laura se entera de algo que todo Sage Brook sabía menos ella: el duque, tan austero en apariencia, es jugador. La cena de reencuentro reúne a un grupo de hombres desaliñados que poco tienen que ver con la dignidad de la casa, y lo que empieza como un reclamo entre hermanos por un hábito que devora la fortuna familiar termina en una partida de consecuencias irreversibles. Edward gana, y con la victoria el derecho a llevarse de Sage Brook lo que desee. Elige a Laura.
Trasladada a la finca de Edward, lejos del único mundo que ha conocido, Laura queda suspendida entre dos condiciones: sigue siendo una sirvienta, pero el hombre que la mira no la mira como a una sirvienta. Él, que se ha jurado casarse dentro del año con una dama de rango a la altura del apellido Pembroke, no consigue apartar los ojos de ella. La atracción es mutua, evidente y peligrosa: cada gesto compartido acorta una distancia que la sociedad ha declarado infranqueable, y ninguno de los dos ignora lo que arriesga —ella su reputación y su sustento, él su nombre y el plan ordenado de su vida.
La novela avanza sobre esa tensión: un deseo que crece a la misma velocidad que los obstáculos, un afecto que debe decidir si es capricho de una noche de cartas o algo capaz de sobrevivir a la luz del día. Con treinta capítulos y epílogo, es una historia de la Regencia sobre lo que se gana y lo que se apuesta, sobre criados que sueñan por encima de su posición y señores que descubren que la fortuna no compra lo único que importa.
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