Memorias de una actriz que decide poner orden en sus recuerdos para comprender quién ha sido más allá del personaje que interpretaba en pantalla. Partiendo del 18 de marzo de 2012, la autora retrotrae su memoria a la infancia madrileña y…
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Memorias de una actriz que decide poner orden en sus recuerdos para comprender quién ha sido más allá del personaje que interpretaba en pantalla. Partiendo del 18 de marzo de 2012, la autora retrotrae su memoria a la infancia madrileña y gallega, a esos primeros años que forjaron su carácter. Una confesión íntima sobre la eterna construcción del yo, marcada por lugares evocadores, personas queridas y la tensión entre la vida vivida y la que se pretendió vivir.
Estas memorias nacen de la necesidad de una actriz de recopilar sus recuerdos, de poner orden en el caos de una vida vivida tanto fuera como dentro de los focos. En un momento de la existencia en que las grandes preguntas sobre quién somos dan paso a interrogantes más acuciantes —¿qué hicimos con nuestras vidas?—, la autora decide volver la mirada atrás.
El relato comienza el 18 de marzo de 2012 con una llamada cargada de significado, para sumergirse luego en los primeros años de una infancia marcada por la timidez pero llena de posibilidades. Nacida oficialmente en Madrid en 1950, la pequeña Blanca Renzi Gil crece entre dos espacios profundamente grabados en su memoria: el ático madrileño de sus padres y la gran casa de sus abuelos en la calle Pinar, donde prefería habitar porque allí era más feliz.
El verdadero corazón del relato late en Galicia, en una aldea del valle de Lemos donde, durante los veranos, desplegaba una aventura de doce horas en automóvil desde Madrid. Allí, en una casa casi pazo, rodeada de berzas altas y frondosas, de vacas y personajes memorables como la costurera Carmen o la criada Juanita, la niña se convierte en directora de orquestas de verduras, en conductora de coches imaginarios y en testigo de una España campesina que desaparecería devorada por el tiempo.
A través de episodios que van desde lo cómico hasta lo turbador, la autora teje una narrativa íntima sobre la construcción de la identidad. Una identidad que, reconoce con honestidad, pasó siempre por la interpretación: siendo niña deseaba ser otra, como actriz vistió los trajes de reinas y princesas, y en la madurez sigue preguntándose sobre aquellas mujeres diferentes que fue cuando no estaba bajo los focos. Las memorias prometen sinceridad con sus limitaciones, ternura hacia los lugares perdidos y una reflexión sobre ese continuo acto de vivir.
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