«Aprendiendo a ser un ángel» reúne una carta y catorce poemas breves alrededor de una sola pregunta: qué queda de un hombre que ama a otros hombres cuando el amor no llega.
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«Aprendiendo a ser un ángel» reúne una carta y catorce poemas breves alrededor de una sola pregunta: qué queda de un hombre que ama a otros hombres cuando el amor no llega. En el umbral del medio siglo, la voz que habla en este libro inventaria insomnios, casas que serán de otros, cuerpos jóvenes contemplados desde lejos y una soledad que solo ha sabido llenarse con más soledad. Abigaíl Ailey firma un cuaderno mínimo y despojado, escrito con nostalgia pero sin lamento.
Este libro se abre con una carta. Alguien acaba de enviar otra —la de verdad, la que intentaba abrir una puerta— y ya no puede dormir imaginando las mil formas del rechazo. Desde ese insomnio se despliega el resto: una confesión en prosa dirigida a un tú llamado Ángel, colocada bajo un epígrafe de Rilke, y a continuación catorce poemas numerados que funcionan como el eco fragmentado de esa misma voz.
La carta fija el tono y el conflicto. Quien escribe se sabe fuera del cuadro que el otro desea, se imagina retratado como alguien feroz y sucio, e insiste en tender la mano al vacío sabiendo que la respuesta será el silencio. Su pobreza no es solo material: es la imposibilidad de decir «este cuerpo es mi casa, habita en mí» y que alguien acepte la invitación. La habitación donde escribe, construida tras casi cincuenta años de vida, apenas da para una cama y para la ausencia que la ocupa.
Los poemas amplían ese centro en direcciones distintas. Empiezan por una afirmación casi civil —los hombres que aman a otros hombres también tienen familia, trabajo, descendencia, vida— y derivan hacia lo íntimo: unos muros a medio levantar que serán la casa de otro, la familia que no está en la pared sino alojada en el cuerpo, la edad convertida en umbral (los veintisiete como cifra de lo ya vivido, los treinta y cinco como promesa de una paz con ahorros y cena servida). Aparecen el deseo por la carne joven y su arrogancia casi mineral, el vagabundeo nocturno que acumula hambre de otra piel, la humillación de ensayar gestos y ropa para ser mirado, y una consigna final de desapego: aprender a ser libre, mirar pasar la propia vida mientras el hielo se deshace en el vaso.
El registro es breve, casi sin puntuación, más cercano al apunte que a la composición cerrada; algunas piezas caben en tres versos. Esa economía es deliberada: sostiene la nostalgia sin dejarla caer en elegía, tal como señala el texto preliminar de Tony J. More, que lee el conjunto como una justificación lírica de la propia identidad frente a los silencios y las condenas de todos los días.
El volumen, publicado en 2018 por e-MIRLO-books, pertenece a la etapa en que Abigaíl Ailey —nacida en Cuba en 1969, residente en España desde los años ochenta y con una biografía repartida entre oficios muy diversos— decidió dedicarse a la escritura tras conocer un diagnóstico de VIH en 2015. Frente a la serie de relatos eróticos que también forma parte de esa obra, aquí el sexo cede el sitio a la espera, y el resultado es un fragmento de vida más que un poemario de tesis: lectura corta para quien busque poesía amorosa escrita desde el margen, la resistencia y el cuerpo que envejece.
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