Un guerrero muerto acepta el pacto que le abrirá las puertas del infierno: volver al mundo de los vivos, marcado a hierro, para consumar la venganza que lo sostuvo durante años de cautiverio.
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Un guerrero muerto acepta el pacto que le abrirá las puertas del infierno: volver al mundo de los vivos, marcado a hierro, para consumar la venganza que lo sostuvo durante años de cautiverio. Lejos de allí, una adolescente camina hacia la escuela con la música como única compañía, convencida de que la tristeza es su condena. La novela avanza alternando voces —Reus, Aile, Mike, un sacerdote, una princesa, otros más—, y cada capítulo suma una pieza al mosaico de almas, traiciones y sombras que la sostiene.
La obra abre en el infierno. Reus, un antiguo guerrero al que los niños imitaban y las tabernas recibían con un trago, sostiene un cuchillo y repasa por milésima vez el plan que ha ido puliendo en cautiverio. Frente a él, un ser invisible del que solo se ven dos ojos rojos le recuerda cada humillación, cada golpe y, sobre todo, el amor que creyó suyo y nunca lo fue. La oferta es simple y cruel: bajar al mundo portando el estandarte de las tinieblas y regresar con una promesa cumplida, o quedarse para siempre como sirviente. Un hierro al rojo cruza el círculo de fuego, se funde con su piel, y las puertas chirrían.
El segundo hilo comienza en una calle de asfalto donde antes hubo un valle. Aile camina hacia la escuela con los audífonos puestos, contando las canciones que le quedan de trayecto. No tiene amigas con quienes reír por la tarde ni planes para el invierno; tiene, en cambio, un cuaderno de letras que siempre terminan tristes y una papelera donde acaban depositadas. Es hermosa —más que cualquiera de las chicas que cantan mal en el deportivo que pasa a su lado—, pero su belleza vive escondida bajo faldas largas y mangas que le cubren la piel, y nadie a su alrededor sabe mirar más allá de una mirada fugaz. La humillación, dice ella misma, sería su mejor amiga si fuera persona.
Entre esos dos extremos —la venganza de un condenado y la soledad de una joven que aún no ha besado a nadie— la novela despliega un reparto amplio. Los treinta y cinco capítulos llevan por título un nombre y una palabra: un viaje, un orfanato, unas leyendas contadas por un sacerdote, una marca, unos sueños, un luto, un juicio. Esa arquitectura funciona como promesa: cada voz llega con su propia herida y su propio fragmento de una historia mayor que solo termina de ordenarse cuando los hilos se tocan.
La escritura apuesta por una prosa densa y lírica, muy volcada hacia dentro. El pensamiento de los personajes irrumpe entre signos angulares, en contrapunto con lo que dicen o callan, y la narración se detiene con frecuencia a meditar sobre la muerte, la memoria y la confianza traicionada. Hay imágenes de fuego, cuervos, alas rotas y espejos; también reflexiones que interrumpen la acción para interpelar directamente a quien lee sobre por qué conviene aprender de la tristeza y no solo de la felicidad.
Más que una novela de aventuras infernales, el libro se lee como una meditación en clave de fantasía oscura sobre lo que queda de una persona después de que le quitan todo: el honor, la libertad, el cuerpo, el nombre. Reus quiere sangre porque es lo único que le devuelve la sensación de estar vivo; Aile quiere una etiqueta, aunque sea falsa, que la incluya en el mundo. La obra los pone a caminar en direcciones opuestas hacia el mismo punto, y deja abierta la pregunta que el propio texto formula sin responder: cuando alguien muere, ¿qué es lo que queda?
Recomendable para lectores de fantasía oscura y romance gótico, de narraciones corales con voces alternadas y de historias donde la condena, el recuerdo y el deseo pesan más que la batalla.
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