Quererse no es adorarse ni creerse superior: es tratarse con el mismo respeto y la misma indulgencia que dedicamos a quienes apreciamos. Desde esa premisa, esta guía práctica de autoestima aborda un malestar tan extendido como silencioso…
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Quererse no es adorarse ni creerse superior: es tratarse con el mismo respeto y la misma indulgencia que dedicamos a quienes apreciamos. Desde esa premisa, esta guía práctica de autoestima aborda un malestar tan extendido como silencioso —la mala imagen de uno mismo— y ofrece herramientas concretas para desactivarlo. A través de un test inicial de autoevaluación, testimonios de personas reales y una batería de ejercicios sencillos, el libro enseña a detectar el diálogo interno hostil, a reformularlo en positivo, a acoger los cumplidos sin incomodidad y a relativizar las críticas. Una lectura breve, accesible y orientada a la acción para quien quiera reconciliarse consigo mismo y, de paso, relacionarse mejor con los demás.
Hablar de amor propio todavía incomoda. Lo confundimos con narcisismo, lo dejamos para después y, mientras tanto, nos habituamos a señalar nuestros defectos con una precisión que jamás aplicaríamos a nuestras virtudes. Esta obra parte de ese malentendido para desmontarlo: apreciarse no significa considerarse perfecto, sino aceptarse por entero, con los puntos fuertes y los débiles, y dejar de ejercer contra uno mismo una violencia que no toleraríamos de nadie más.
La primera parte del libro explora de dónde viene ese malestar y cómo se manifiesta. Sin buscar culpables en la infancia ni en el entorno familiar, invita a comprender los mecanismos que se han ido instalando: la mirada exclusivamente pesimista que solo registra los errores, la exigencia desmedida que convierte cualquier logro en insuficiente, los complejos que aíslan una parte del cuerpo o de la personalidad hasta hacerla definitoria, y el miedo a la mirada ajena que acaba levantando barreras. Un test de veintiuna afirmaciones permite al lector situarse antes de seguir adelante, y varios testimonios —una mujer obsesionada con su nariz, otra convencida de no resultar interesante, un hombre que se vuelve hiriente por temor al rechazo, un profesional bloqueado ante el público, una viuda que se culpa de su propio duelo— ilustran cómo una autoimagen deteriorada genera angustia, bloqueos y una forma callada de sabotaje.
La segunda parte es abiertamente práctica. Propone observarse con la curiosidad y la ausencia de juicio de un etnólogo ante un desconocido; identificar los pensamientos negativos y someterlos a preguntas que revelen si están justificados; sustituir las formulaciones peyorativas por otras que abran camino («¿qué va bien hoy?» en lugar de «¿qué no va bien?»); recurrir a frases de aliento repetidas en voz alta; tomar distancia mediante el humor o la perspectiva del tiempo; y avanzar hacia lo que da miedo a un ritmo propio, anotando cada pequeño triunfo. También reivindica el papel del entorno —no como espejo de comparaciones, sino como fuente de inspiración y de apoyo— y el cuidado del cuerpo y de los propios deseos como vía de escucha.
Una metáfora recorre el conjunto: uno mismo como casa. Cuanto mejor la cuidamos, más cómodos estamos en ella y mejor reciben nuestros invitados. De ahí la tesis central del texto: ocuparse de uno mismo no es cerrarse a los demás, sino la condición para ofrecerles un lugar mejor. El volumen cierra con un decálogo de recomendaciones para sostener la autoestima recobrada y una bibliografía de referencia en psicología del desarrollo personal.
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