Una mañana de junio en San Antonio, una llamada telefónica le agria el desayuno a James McGowell, jefe de la oficina local del FBI: Vicent «Blacky» Hunter, el atracador que él mismo detuvo cerca de la frontera diez años atrás, saldrá en…
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Una mañana de junio en San Antonio, una llamada telefónica le agria el desayuno a James McGowell, jefe de la oficina local del FBI: Vicent «Blacky» Hunter, el atracador que él mismo detuvo cerca de la frontera diez años atrás, saldrá en libertad condicional en quince días. Los dos millones de dólares del Banco Federal nunca aparecieron, y nadie duda de que Hunter irá a buscarlos. Con todos sus agentes ocupados y sin poder pedir prestada gente a la policía estatal, McGowell abre los expedientes del caso y regresa, de memoria, al asalto que marcó el comienzo de su carrera.
El arranque es de una sobriedad casi administrativa: un despacho severo, un aroma dulzón de flores entrando por la ventana entreabierta y un hombre de sienes grises que no logra disfrutar del día. James McGowell dirige la oficina del FBI en San Antonio y acaba de recibir un aviso incómodo del capitán César Halley, viejo amigo y miembro de la Comisión de Libertad Vigilada: Vicent «Blacky» Hunter vuelve a la calle. El problema no es solo el hombre, sino lo que se llevó consigo a la penitenciaría: el escondite de dos millones de dólares que jamás se recuperaron. Halley no puede prestarle agentes —una campaña de prensa contra la Organización Federal haría titulares con el favor—, así que el caso queda enteramente en manos de una oficina sin hombres libres.
De ahí la novela retrocede una década y se convierte, durante buena parte de su desarrollo, en la crónica del atraco al Banco Federal contada desde los ojos de un McGowell joven, recién llegado, que se marea ante su primera escena sangrienta y que aún debe tragarse las réplicas secas de su jefe directo, el SAC Fletcher. Cuatro enmascarados, un cajero muerto, un vigilante con un pulmón perforado y un botín compuesto solo de billetes usados: el expediente se abre con más preguntas que pistas. El único testigo es Alfred Pinkus, un anciano crucigramista que presenció el asalto sin apartar del todo la vista de una definición de nueve letras, y cuya declaración —cómica y desesperante a partes iguales— apunta a un quinto hombre sin máscara que espera junto al coche.
El relato se mueve entre dos terrenos. Por un lado, el trabajo burocrático y coral del Bureau: archivos, balística, precintos, interrogatorios, ruedas de fotografías, la fricción constante con un periodista tenaz del «Border Post» que exige respuestas antes de que las haya. Por otro, la intuición solitaria de McGowell, que relaciona una redada previa en un local del partido comunista con la planificación del golpe y termina apostado de noche, en un Ford de ocasión, frente a un club de carretera donde se venden drogas bajo la protección de un abogado inhabilitado. Esa corazonada le cuesta una paliza que casi lo mata y una amenaza telefónica pronunciada con una voz grave y lenta que no consigue identificar.
Alrededor del caso se dibuja un pequeño reparto que sostiene el interés más allá de la persecución: Clara Linley, secretaria del jefe y antes detective de calle en operaciones de señuelo, hija de un delincuente de doce condenas, cuya competencia obliga a McGowell a revisar sus propios prejuicios; Fletcher, el veterano que solo cree en lo que ve; y una galería de perdedores del hampa fronteriza, entre ellos un adicto apaleado que, por diez dólares negados, está dispuesto a vender al único hombre que sabe dónde está el dinero.
El resultado es una novela policíaca breve y de mecánica clásica, escrita en frases cortas y párrafos de una sola línea, con el pulso del serial: escenas rápidas, cortes bruscos y una tensión que se sostiene sobre una pregunta única y muy concreta. Los cómplices van cayendo, la redada del motel deja cadáveres pero no al hombre buscado, y el botín permanece exactamente donde estaba: en ninguna parte. Con la libertad condicional en el horizonte, el pasado deja de ser expediente y vuelve a ser trabajo pendiente.
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