Valle de Yosemite, otoño de 1867. Tras enterrar a su padre, Scotty MacDowell se prepara para pasar el invierno sola en una cabaña aislada por la nieve, con sus animales por única compañía.
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Valle de Yosemite, otoño de 1867. Tras enterrar a su padre, Scotty MacDowell se prepara para pasar el invierno sola en una cabaña aislada por la nieve, con sus animales por única compañía. La avalancha que sella el paso entre las montañas también encierra con ella a un desconocido herido de bala, armado y decidido a que lo cure. De ese pulso desigual —él con el revólver, ella con el conocimiento del bosque— nace una convivencia forzada, hostil y cargada de tensión, mientras el gobierno de California amenaza con expulsar a los colonos del valle.
Una persecución en la nieve abre la historia: dos hombres, un disparo que se pierde entre los pinos y un alud que decide, por su cuenta, cuál de los dos seguirá caminando. El superviviente avanza colina abajo apretándose el costado, y esa herida será el hilo del que penda todo lo demás.
Unas horas más tarde y unos valles más allá, Scotty MacDowell regresa a casa con un conejo en el saco de arpillera y su mapache Muggin enroscado al cuello. Tiene casi diecinueve años, diez de ellos vividos en el valle de Yosemite, y acaba de perder a su padre, Ian, cuyas trampas, cuyo rifle y cuya promesa ha heredado de golpe. El invierno que se adelanta le parece, más que una amenaza, un refugio: la nieve cierra los pasos y aplaza la visita del funcionario que pretende echarla de sus tierras. Pero las huellas manchadas de sangre que llegan hasta su puerta anuncian que este año el aislamiento no la protegerá de nada.
Dentro la espera un hombre corpulento, de barba descuidada y ojos azules sin rastro de dolor, que la desarma, la somete a un registro humillante y le explica su situación en términos muy simples: lo va a curar o morirá de un balazo. Scotty obedece porque no le queda alternativa, le limpia la herida, prepara una cataplasma de creosota y grasa de tejón y lo venda; después, mientras él duerme, le esconde el revólver y descubre en su chaqueta un reloj de oro con las iniciales MG, único indicio de una identidad que él se niega a revelar.
Lo que sigue es un duelo doméstico y feroz. Ella tiene el rifle, la despensa, la leña y el conocimiento exacto de cada sendero; él tiene la fuerza, el descaro y una habilidad incómoda para desarmarla con una frase. Discuten por la ropa mojada, por el whisky, por quién manda en una cabaña de una sola habitación, y en medio de las órdenes y las réplicas se abre paso algo que a Scotty la desconcierta más que el miedo: la conciencia física de un cuerpo ajeno y la sospecha de que su desconfianza no basta para explicar lo que siente. Sospecha que es un ladrón, quizá un asesino; le pregunta quién le disparó y solo obtiene que fue «alguien a quien no le gusta cómo me gano la vida».
Alrededor de esa cabaña, la novela deja ver un conflicto más amplio. El valle es un personaje en sí mismo —los bloques de granito, la sinfonía del viento en los pinos helados, los arrendajos encogidos por el frío—, y también un territorio en disputa: los avisos oficiales que ordenan a los habitantes abandonar sus tierras, los tramperos y leñadores que Scotty desprecia, y la promesa hecha a un padre moribundo de no ceder ni un palmo. Los fragmentos del diario de Ian MacDowell que encabezan los capítulos añaden la voz del ausente y una pregunta que planea sobre su hija: si tenía derecho a pedirle un sacrificio tan grande.
El resultado es un romance histórico de encierro, con una heroína criada en la intemperie y un forastero cuyo pasado llega antes que su nombre, sostenido por diálogos afilados, una tensión erótica declarada y un invierno que no dejará salir a ninguno de los dos hasta que la verdad se abra paso.