En Apache Crossing, un pueblo de Arizona aplastado por el sol, la inminente salida de prisión de un antiguo representante de la ley reabre la herida de un robo de ochenta mil dólares que nunca se recuperaron.
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En Apache Crossing, un pueblo de Arizona aplastado por el sol, la inminente salida de prisión de un antiguo representante de la ley reabre la herida de un robo de ochenta mil dólares que nunca se recuperaron. El marshall Frank Barton queda atrapado entre la presión de los detectives que esperan que el exconvicto los conduzca al botín, la lealtad hacia la mujer a la que ama —hijastra del sospechoso— y un hermano menor que empieza a deslizarse hacia malas compañías. Un western de tensión contenida donde la vigilancia sustituye al disparo y la duda razonable pesa más que cualquier condena firmada.
Un telegrama llegado de Yuma basta para romper siete años de calma aparente en Apache Crossing. El mensaje anuncia que Jed Stevens, antiguo marshall del pueblo y comisario del sheriff, ha cumplido íntegra su condena y volverá a ser un hombre libre. En la oficina del marshall se reúnen cuatro intereses distintos: un detective de la agencia Pinkerton que trabaja para los bancos de San Francisco, un representante del ferrocarril, el banquero que además preside el Ayuntamiento y Frank Barton, el hombre que heredó la estrella de Stevens. Los tres primeros comparten una certeza y un plan: dejar intacta la cuenta bancaria del liberado, no incomodarlo, no detenerlo, y esperar a que él mismo los guíe hasta los ochenta mil dólares robados en el asalto al tren que nunca aparecieron.
Frank es el único que insiste en la incomodidad que nadie quiere oír: que la culpabilidad de Stevens se dio por probada en un juicio, pero nunca se probó de verdad. Esa reticencia lo vuelve sospechoso a ojos del detective, que no tarda en señalar el punto débil: Frank corteja a Peg Winters, dueña del hotel del pueblo e hijastra del hombre al que todos piensan vigilar. La escena establece con eficacia el verdadero campo de batalla de la novela, que no es el desierto sino la confianza: quién responde ante quién, qué puede exigir la ley a un hombre que ya pagó su deuda y hasta dónde llega la autoridad de una estrella frente al poder de los grandes bancos y las compañías ferroviarias.
Alrededor de ese eje, el relato construye con paciencia el retrato de una comunidad. Tres saloons reparten a la población por clases —rancheros y hombres de negocios, vaqueros y peones, la cantina de adobe donde se mezclan los mexicanos—, y la ronda de sábado del marshall funciona como recorrido por todas ellas. En una pared de la cantina cuelga el retrato de un hermano asesinado siete años atrás, un crimen que quedó sin resolver precisamente porque coincidió con el revuelo del robo del tren: un cabo suelto que la narración deja deliberadamente a la vista. En paralelo crece un segundo conflicto doméstico. Dane, el hermano menor de Frank, dieciocho años y ganas de que lo tomen por hombre, ha empezado a jugar fuerte y a frecuentar a un forastero de manos grandes y modales correctos contra el que no existe una sola acusación, solo el instinto del marshall.
La amenaza se multiplica con los nombres que aún faltan: el antiguo ayudante que salió antes de tiempo y desapareció, y el pistolero que huyó a México. Todos han contado los mismos días. Todos quieren el mismo dinero. Mientras Peg propone romper el compromiso para no arruinar la carrera del hombre que ama, y Frank responde pidiéndole que se case con él, la ciudad se llena de gente para la noche del sábado y el tren se acerca silbando desde el este. La novela avanza así por acumulación de presión más que por acción: conversaciones que son interrogatorios, rondas que son inventarios de sospechas, y la sensación creciente de que cuando por fin ocurra algo, el hombre con la estrella tendrá que elegir entre las dos cosas que ha jurado proteger.
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