Un físico descubre que el suero que su padre le inyectó siendo niño lo ha vuelto inmune a la enfermedad y a la vejez. "La conquista de la vida", primera entrega del ciclo de Anton York firmado por Eando Binder, convierte ese hallazgo en un…
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Un físico descubre que el suero que su padre le inyectó siendo niño lo ha vuelto inmune a la enfermedad y a la vejez. "La conquista de la vida", primera entrega del ciclo de Anton York firmado por Eando Binder, convierte ese hallazgo en un dilema íntimo: qué hacer con un tiempo ilimitado cuando todo lo que se ama es perecedero, y en qué manos puede caer la fórmula que lo hizo posible.
Matthew York murió sin saber que había llegado a la orilla de un mundo nuevo. Investigador oscuro de finales del siglo diecinueve, dedicó su vida a perseguir el secreto de la vitalidad y dejó, en cuadernos que nadie leyó con atención, la fórmula de un elixir y el registro de una decisión temeraria: inyectárselo a su propio hijo de corta edad. El niño enfermó un mes, sobrevivió y creció sin volver a enfermar jamás.
Décadas más tarde, Anton York es un físico de prestigio consagrado a las ondas electromagnéticas y, después, al enigma de la gravitación. Cumple cincuenta y cinco años con el cuerpo y el rostro de un hombre de treinta y cinco. La observación llega de su esposa, Vera, veinte años menor que él y en camino de aparentar más edad que su marido: una frase doméstica que abre una grieta. York regresa a los manuscritos de su padre, reconstruye la lógica del elixir —enzimas, extracto hipofisario, una teoría discutida sobre la energía que el organismo capta del cosmos— y comprende que el don que agradecía a la suerte tiene nombre y fecha.
La novela corta administra ese descubrimiento sin euforia. La inmortalidad se le presenta a York primero como vértigo —una noche entera caminando y hablándoles a los edificios, al río, a las estrellas que sobrevivirá— y enseguida como pérdida anunciada: tendrá siglos, y no tendrá a Vera. De ahí nace el motor del relato. York contrata al bioquímico Charles Vinson para reproducir el suero, sabiendo que la dosis puede matar a su esposa antes que salvarla, y sin advertir que el hombre a quien confía las notas de su padre está haciendo sus propias cuentas. Vinson no ve una cura ni un regalo para la humanidad: ve poder, y el tiempo suficiente para ejercerlo.
Lo que sigue mezcla el melodrama deliberado —el autor invoca a Romeo y Julieta sin disimulo— con la mecánica fría de la ciencia ficción de la edad de oro. Hay un experimento que sale como no se esperaba, un incendio que borra el archivo de toda una vida y un fugitivo que desaparece del mundo con un secreto en la memoria y un nombre nuevo. Al final, el matrimonio se retira a un laboratorio de montaña, cambia de identidad cada tantas décadas y observa la historia desde lejos, mientras York vuelve a la pregunta que lo ocupaba antes de saberse eterno: cómo cortar las líneas de fuerza de la gravedad.
Binder —seudónimo compartido de los hermanos Binder— escribe con la prosa funcional y expansiva del pulp de los años treinta, más interesada en la idea que en el ornamento. Su acierto está en el pulso doble del relato: una fantasía de conquista científica y, debajo, una historia conyugal sobre el miedo a quedarse solo. La inmortalidad no se celebra ni se condena; se instala como una condición y se deja correr, con la amenaza latente de que alguien más ya la tiene y no piensa usarla bien.
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