Reunidos en tres tomos, estos cuadros de costumbres recorren la llanura argentina de fines del siglo XIX: el pueblo nuevo junto a la estación, el puesto de estancia, la pulpería y las tierras del sur todavía sin poblar.
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Reunidos en tres tomos, estos cuadros de costumbres recorren la llanura argentina de fines del siglo XIX: el pueblo nuevo junto a la estación, el puesto de estancia, la pulpería y las tierras del sur todavía sin poblar. Entre el humor y la melancolía, Godofredo Daireaux retrata al gaucho, al inmigrante y al hacendado en su trato diario con la suerte, el trabajo y la distancia, y deja constancia de un mundo que ya empezaba a desaparecer mientras lo escribía.
La antología ordena una serie de relatos breves y estampas de costumbres cuyo escenario común es el campo bonaerense y sus fronteras, en los años en que el ferrocarril, el alambrado y la inmigración estaban rehaciendo el mapa de la pampa. Cada pieza funciona como un cuadro autónomo: un episodio mínimo, unos pocos personajes y una observación precisa sobre la manera de vivir, comer, trabajar y hablar de la gente de tierra adentro.
En una de las historias, un agente de billetes de lotería llegado de Madrid recibe un telegrama que parece cambiarle la vida y reordena mentalmente todas sus deudas y generosidades antes de que amanezca. En otra, un viejo estanciero celebra, entre el recuento anual de ovejas y un asado al asador, la dureza de los años en que no tenía nada, mientras su casa de ciudad y su cocinero extranjero le resultan casi ajenos. Un capítulo entero está dedicado a la desgracia de quedarse sin caballo en pleno invierno, con su humor resignado y su fondo de amenaza; otro sigue a una madre viuda que sostiene la estancia y la familia contra acreedores y usureros hasta volverse el centro de una descendencia numerosa; otro presenta a un jinete impecable, admirado por los peones como gaucho completo, cuya procedencia desmiente todas las conjeturas. Los cuadros finales miran hacia afuera: el hijo mayor que se despide del rancho con la tropilla por delante, el hacendado que busca campo más barato y más lejos, la resaca de vagos y cuatreros que acompaña a todo poblamiento nuevo, y un pulpero que arrienda a ciegas diez mil hectáreas en Santa Cruz sin saber si su lote termina bajo el mar.
El conjunto no idealiza ni condena. La mirada está atenta al detalle material —el recado, el mate, la galleta, el trapo que hace de servilleta— y a la mezcla de lenguas y orígenes que ya definía a esa sociedad: españoles, criollos y europeos aquerenciados en la llanura. De esa suma de escenas surge un retrato de la ilusión y el desengaño como forma cotidiana de la vida rural, junto con un documento casi involuntario del momento en que la pampa dejó de ser desierto.
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