Londres victoriano, una barbería que vuelve a abrir y una mujer que guarda un secreto capaz de destruirlos a los dos. El señor Heller regresa tras años de cárcel injusta con una sola idea fija: la venganza.
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Londres victoriano, una barbería que vuelve a abrir y una mujer que guarda un secreto capaz de destruirlos a los dos. El señor Heller regresa tras años de cárcel injusta con una sola idea fija: la venganza. Megan, la panadera que le ofrece techo, lleva media vida enamorada de él y está dispuesta a ayudarlo aunque eso signifique mentirle cada día.
Una noche fría de marzo, en un Londres de calles vacías y ventanas cubiertas de mugre, un hombre vuelve al lugar donde alguna vez tuvo una casa, una esposa y un oficio. Se hace llamar señor Heller, aunque ese no siempre fue su apellido, y ha pasado años en prisión por un delito que no cometió. Regresa con las navajas de barbero envueltas en tela y con una certeza que le ordena los días: encontrar al juez Bradford y cobrarse lo que le fue arrebatado.
Sobre su antigua barbería, ahora agrietada y polvorienta, vive Megan, una panadera de veinticuatro años, viuda, pobre y bebedora, que le abre la puerta y le ofrece la habitación de arriba. Lo que Heller no sabe es que ella lo reconoció desde el primer momento en que oyó su voz. Megan lo ama en secreto desde que era una jovencita debutante, antes de que su padre la echara de la mansión familiar y la condenara a las empanadas, la ginebra y una vida que ella misma describe como mitad pesadilla y mitad sueño cumplido.
Ese amor la vuelve cómplice. Es Megan quien concibe el modo de devolverle un nombre a Heller —un duelo público contra el barbero ambulante que se hace llamar el mejor de Londres, frente a St. Dunstan’s— y quien entiende, antes que él, que la fama es el anzuelo que traerá al juez hasta su silla. Pero cada gesto de ayuda la acerca más al borde: Megan sabe cosas que no puede decir. Sabe qué fue de Emily. Sabe qué ocurrió realmente con Lucy, la esposa rubia a la que Heller lleva veinticinco años sin ver y a la que Megan detesta con un rencor que no se atreve a examinar. Y sabe que el día en que la verdad salga de su boca, el hombre al que ama será quien la mate.
La convivencia avanza entre reproches, resacas, desayunos fríos y notas dejadas sobre la mesa. Él la interroga, le prohíbe entrar en la habitación cerrada donde duermen los retratos de su mujer y su hija, le vacía las botellas de ginebra, la carga hasta la cama cuando se desmaya y le suelta el pie con desgana cuando se corta con un vidrio. Ella, entre burlas y motes que él nunca escucha del todo, mide cada silencio buscando una señal de que la mira con otros ojos. Dieciséis años los separan; un secreto los separa más.
Cuando por fin caminan juntos hacia el mercado —él con la vieja chaqueta del difunto marido de ella, la navaja al alcance de la mano, el alguacil a pocos pasos—, queda claro que la venganza ya no es solo suya. Es una novela de amor imposible y culpa cotidiana, escrita a la sombra de una leyenda londinense: la de un barbero que afila su rencor mientras la mujer que lo protege se hunde, mentira a mentira, en el mismo pozo que él está cavando.