Crónica coral del antifascismo en el Estado español durante las últimas cuatro décadas. Miquel Ramos parte de una herida personal —el asesinato del joven Guillem Agulló en 1993— y de los recortes de prensa que empezó a archivar con catorce…
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Crónica coral del antifascismo en el Estado español durante las últimas cuatro décadas. Miquel Ramos parte de una herida personal —el asesinato del joven Guillem Agulló en 1993— y de los recortes de prensa que empezó a archivar con catorce años para reconstruir, con voces militantes y periodísticas, cómo se organizó la respuesta a la extrema derecha: de CEDADE y el terrorismo ultra de la transición a la ultraderecha institucionalizada de hoy. El prólogo de Pastora Filigrana García sitúa el relato en clave de justicia y reparación.
No es un ensayo académico ni pretende serlo: el propio autor advierte que un asunto personal nunca puede ser objetivo. El libro arranca en un aula valenciana, el primer día de clase tras la Pascua de 1993, cuando un profesor anuncia que unos neonazis han matado a puñaladas a Guillem Agulló, de dieciocho años recién cumplidos. Aquel golpe convierte a un adolescente en coleccionista de recortes de periódico y, tres décadas después, en cronista de un movimiento.
Sobre esa base documental —archivos, hemeroteca, entrevistas— se despliegan dos relatos entrelazados. Uno recorre la genealogía de la extrema derecha española: una transición que no depuró policías ni tribunales y dejó tras de sí un reguero de muertos, los grupúsculos violentos como el Frente de la Juventud, CEDADE como laboratorio ideológico del neonazismo, los terroristas neofascistas italianos amparados en Madrid, la red Gladio y la guerra sucia del GAL; más tarde, la apropiación ultra de la estética skinhead, la infección de las gradas de fútbol, las provocaciones racistas en los barrios populares y, por fin, la traducción electoral e institucional de todo ello.
El otro relato, el que sostiene el volumen, es el del antifascismo: cómo se organizó ante la inacción de las instituciones, cómo levantó su propia red de investigación heredera de periodistas como Xavier Vinader, qué consiguió y en qué se equivocó. Asambleas, casales okupados, alertas vecinales, coordinadoras amplias y campañas de acogida aparecen contadas por sus protagonistas, sin épica complaciente y con la autocrítica que aportan el feminismo y el paso del tiempo.
De ahí salen las preguntas que el libro deja abiertas: dónde están los límites de la autodefensa, si el antifascismo debe salir del perímetro de la izquierda que lo abandera y a quién protege realmente el delito de odio cuando lo esgrime quien lo provoca. La respuesta que propone es deliberadamente amplia: también se hace antifascismo exigiendo derechos laborales, regularización o memoria para los pueblos silenciados, porque el fondo del asunto es afirmar que no existen jerarquías de humanidad.