En la última noche de 1999, en un departamento frente al mar de Viña del Mar, Elena tiene quince años y observa desde el margen los preparativos de la fiesta familiar perfecta.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En la última noche de 1999, en un departamento frente al mar de Viña del Mar, Elena tiene quince años y observa desde el margen los preparativos de la fiesta familiar perfecta. Mientras sus padres discuten a gritos y llegan tíos, primas y vecinas de temporada, ella lee ensayos, imagina que es una polilla y sostiene en silencio dos ausencias que nadie en su casa se atreve a nombrar. Camila Valenzuela construye una novela de voz interior afilada sobre los mandatos de género, las apariencias de clase y todo lo que una familia decide callar.
Faltan horas para el cambio de milenio y en el departamento de la familia Cox-Stephens todo está calculado: el menú, las fuentes, la ropa, la música que sonará cuando el padre vuelva de su enojo puntual de cada Año Nuevo. Elena, quince años, espera tendida en su cama con la vista clavada en un techo “blanco mortecino”, leyendo un ensayo de Virginia Woolf sobre el fantasma que se interpone entre una mujer y su escritura. Afuera, los gritos de sus padres marcan el compás de la noche: un collar extraviado, una acusación que no se dice completa, un hermano de la madre al que el padre no quiere ver entrar por esa puerta.
La novela transcurre casi entera en ese perímetro doméstico —la pieza, el pasillo, la cocina, la terraza con vista al puerto— y avanza por acumulación de gestos mínimos. Un vestido gris perla elegido por otra persona. Un espejo regalado para que la niña “cree una nueva imagen de sí misma”. Golpecitos en la espalda para corregir la postura. Comentarios sobre la palidez, la delgadez, la falta de curvas, disfrazados de cariño. Elena registra cada uno con una lucidez que contrasta con su mutismo: entiende perfectamente lo que ocurre, pero no ha aprendido —o no quiere aprender— a responder.
A su alrededor se despliega un catálogo de formas de ser mujer que la familia considera aceptables: la anfitriona impecable, la prima bronceada y popular, la que se casa con un “buen partido” y renuncia a trabajar, la que copia a su hermana para no quedarse sola. Elena no cabe en ninguna, y el veredicto ya está escrito a sus espaldas: será la rara, la solterona, la loca. La única complicidad verdadera le llega de Ceci, la empleada doméstica que le trenza el pelo y le resume el mundo con una frase sin adornos —“ellos afuera y nosotras dentro”— mientras recibe de la señora de la casa exactamente el mismo trato que Elena recibe de todos los demás.
Bajo la superficie de la celebración laten dos vacíos. Juan Cristóbal, el hermano mayor, pasará el Año Nuevo en Nueva York, y sus padres lo llamaron a propósito cuando Elena no estaba en casa, por indicación de un médico que ella no eligió. Isabel, la hermana, aparece solo como nombre que conviene no pronunciar esta noche. Entre las excusas amables y las mentiras que Elena detecta por el sonido de las palabras, la novela deja entrever un daño anterior que la familia ha resuelto administrar con silencio, distancia y buenos modales.
“Antes de volver a caer” es un relato en primera persona sostenido por una voz observadora, irónica y herida, atenta al detalle de clase —el apellido, el balneario, el colegio, la fuente correcta para el carpaccio— y al modo en que ese orden se impone sobre los cuerpos y los deseos de las hijas. Publicada en la colección Fuera de Órbita de Editorial Planeta Chilena, propone una lectura del fin de siglo chileno desde el ángulo de quien mira la fiesta sin entrar en ella: no el apocalipsis anunciado del año 2000, sino la certeza mucho más íntima de que nada puede ser peor de lo que ya es, y la pregunta de qué se hace con esa certeza.