Una noche de agosto, un jet privado despega de Martha's Vineyard entre la niebla con diez personas a bordo: un magnate de las noticias por cable y su familia, un banquero de Wall Street y su esposa, la tripulación y un pintor invitado a…
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Una noche de agosto, un jet privado despega de Martha's Vineyard entre la niebla con diez personas a bordo: un magnate de las noticias por cable y su familia, un banquero de Wall Street y su esposa, la tripulación y un pintor invitado a última hora. Dieciocho minutos después, el avión cae al mar. La novela reconstruye ese instante desde las vidas que confluyeron en él, y convierte la pregunta de por qué esas personas y no otras en el motor de un relato sobre el azar, el dinero y la voluntad de sobrevivir.
Todo empieza con una escalerilla desplegada en la pista de un aeropuerto pequeño y una niebla costera que avanza despacio sobre el asfalto. El avión es un reactor de nueve plazas registrado a nombre de una sociedad opaca; el logotipo del fuselaje dice una cosa y los papeles, otra. A bordo suben, uno a uno, quienes esa noche coincidieron por motivos que ninguno eligió del todo.
Llegan primero los Bateman. David dirige un canal de noticias de veinticuatro horas que en trece años ha convertido la información en espectáculo y a él en un hombre con despacho blindado y derecho a usar el avión de la empresa. Maggie, su mujer, fue maestra de párvulos y todavía no ha aprendido a llevar sin incomodidad la fortuna en la que vive. Con ellos viajan Rachel, de nueve años, que interroga a los pilotos como quien busca la autoridad competente en cada sitio, y J. J., de cuatro, dormido en brazos de su padre. Los acompaña un guardaespaldas que nunca se quita la americana: hace unos años Rachel fue secuestrada, y esos tres días siguen organizando la vida familiar por dentro. Después aparecen los Kipling, un socio de Wall Street con algo urgente que decirle a David y una esposa que llena los silencios con conversación. Y, en el último segundo, jadeando y con manchas de pintura en las zapatillas, Scott Burroughs, un pintor de cuarenta y tantos al que Maggie invitó esa misma mañana en el mercado.
El narrador se detiene en cada uno de ellos con una atención casi forense: el gesto de una sonrisa que pide tregua, el whisky que se bebe de un trago, el vaso de agua sin lima, la manta que una madre recoloca por enésima vez. Y mientras el avión se eleva entre la niebla, con un partido de béisbol de fondo y música de crooners, anuncia sin dramatismo lo que ninguno de los pasajeros sabe: quedan dieciocho minutos.
De ahí la novela salta hacia atrás y hacia el agua. Hacia atrás, a un niño de seis años que en un muelle de San Francisco vio a un hombre esposado cruzar a nado una bahía helada arrastrando una barca, y que salió de allí convencido de que la voluntad podía más que la corriente; esa imagen, y las clases de natación que vinieron después, quedan sembradas como una promesa. Y hacia el agua: la superficie ardiendo, los restos del fuselaje, el frío del Atlántico en agosto y un superviviente que grita en la oscuridad preguntándose cuántos más pueden estar vivos, y si entre ellos están los niños.
Lo que sostiene el libro no es solo el accidente, sino la arquitectura de coincidencias que lo precede. Nadie puede predecir los espacios por los que se moverá ni la gente con la que se cruzará, dice el texto casi al principio, y esa idea vuelve convertida en inquietud: qué decisiones, qué llamadas sin responder, qué conversaciones pendientes entre un banquero y un magnate acabaron poniendo a esas personas exactas en ese asiento exacto. La prosa alterna el retrato social —la riqueza que aísla, la seguridad privada, el poder mediático— con una escritura física, casi táctil, en las escenas de supervivencia. Y deja abierta, desde la primera página, la pregunta que el lector arrastrará como una cuerda atada a la cintura: si lo ocurrido fue accidente, culpa o consecuencia.
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