Un físico marcado por la orfandad reencuentra, siete años después, al único amor que le pareció real: Antea. La convivencia adulta reaviva también las pesadillas de ella, donde una sombra sin rostro la reclama noche tras noche.
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Un físico marcado por la orfandad reencuentra, siete años después, al único amor que le pareció real: Antea. La convivencia adulta reaviva también las pesadillas de ella, donde una sombra sin rostro la reclama noche tras noche. Él descarta el asunto como superstición hasta que la pérdida lo deja sin argumentos y encuentra el diario íntimo de ella. Lo que lee lo obliga a elegir entre la razón que lo ha sostenido siempre y un viaje del que no hay regreso posible.
La novela breve de Ellis Madroy se abre con un nacimiento narrado desde dentro y se cierra en una escala cósmica, y todo el trayecto que va de un extremo al otro cabe en la voz de un solo hombre. Fernando aprende temprano que el afecto es frágil: pierde a su madre siendo niño, crece en casa de un tío bajo la consigna de no hacer ruido y se convierte en un adulto competente y hueco, que sonríe con eficacia y no espera nada. Estudia Física, trabaja de mesero, destaca sin entusiasmo. Entre lo que él llama títeres vivientes, Antea le parece la primera persona verdadera.
Los separa la edad, y luego los separan los padres de ella y un océano. Siete años después vuelven a encontrarse en un café, ya sin la distancia que los volvía imposibles, y reconstruyen una vida en común hecha de literatura, ciencia y noches compartidas. Pero las pesadillas de Antea regresan con ellos: un hombre de rostro oscuro que la persigue por un pasillo interminable, que le habla, que la reclama como suya y decide cuándo puede despertar. Fernando siente el sudor y el pulso desbocado de ella cada madrugada, y aun así se refugia en el escepticismo. Esa incredulidad, más que cualquier sombra, es lo que va vaciando el espacio entre los dos.
Cuando Antea se apaga, él se queda con la ropa que aún conserva su olor y con una computadora que guarda un diario fechado a saltos. Ahí aparece otra versión de la historia: una guía llamada Elisa, un aprendizaje paciente, un plano donde el miedo tiene forma y puede ser enfrentado, y una despedida escrita con antelación. El libro cambia entonces de voz y deja que ella cuente su propia batalla.
Lo que sigue es la decisión de Fernando. Desaprender lo aprendido, desmontar la coraza del intelecto, aceptar una posibilidad que siempre ridiculizó. La obra combina duelo, romance y una cosmología íntima donde el amor no se conserva: se transforma en materia, en luz, en algo que sigue expandiéndose después del final.