Reunión de los textos que Jorge Dimitrov produjo durante el proceso por el incendio del Reichstag: cartas, declaraciones, fragmentos taquigráficos de las audiencias y su discurso de conclusión, precedidos de un esbozo biográfico que sigue…
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Reunión de los textos que Jorge Dimitrov produjo durante el proceso por el incendio del Reichstag: cartas, declaraciones, fragmentos taquigráficos de las audiencias y su discurso de conclusión, precedidos de un esbozo biográfico que sigue su trayectoria desde el taller tipográfico búlgaro hasta el banquillo de Leipzig.
El 27 de febrero de 1933 ardió el edificio del Reichstag en Berlín. Días después, tres búlgaros —Dimitrov entre ellos— fueron detenidos y acusados de haber prendido el fuego junto a un albañil holandés. Este volumen recoge el rastro documental de lo que ocurrió a continuación, cuando el acusado decidió no defenderse en los términos que el tribunal le ofrecía.
El libro se abre con un esbozo biográfico que reconstruye el camino previo: la aldea de Kovatchevtizi, la escuela abandonada a los doce años, el oficio de tipógrafo que alimentó una afición temprana por los libros, el primer artículo publicado a los quince en un periódico de impresores, la secretaría sindical a los dieciocho. Sigue la sucesión de huelgas —Pernik, Sliven, Kostenetz, Plakalnitza, Plovdiv—, la elección como diputado en 1913, el año y medio de cárcel durante la guerra, el golpe de 1923 y el largo exilio que llevó a su protagonista de Viena a Berlín bajo nombres prestados y con el rostro alterado.
El núcleo del volumen es el expediente mismo. Aparecen la orden de detención con su enumeración fría de artículos del código penal; las declaraciones firmadas ante la instrucción policial, donde el detenido enumera sus viajes, sus honorarios de traductor y los trescientos cincuenta marcos que constituían toda su fortuna tras diez años de emigración; la carta al juez que le negó la devolución de ese dinero, escrita con una ironía cortés que no pide nada; los apuntes preparatorios para la primera intervención; las notas al presidente de la sección penal y al abogado; y las versiones taquigráficas de sesiones que se extienden de septiembre a noviembre de 1933.
En esas transcripciones se lee cómo el interrogado invierte los papeles. Discute la credibilidad de los testigos de cargo, pregunta por el pasadizo subterráneo que comunicaba con el edificio incendiado, señala la desproporción entre el kiosco que el holandés no supo quemar y las dimensiones del Reichstag. El presidente lo interrumpe, lo expulsa, le grita quién manda en la sala. Comparecen como testigos dos figuras del gobierno; una de ellas termina ordenando a la policía que se lleven al acusado y anunciándole lo que le espera fuera del tribunal. También queda registrada la ruptura con la defensa: la negativa a aceptar al abogado designado, y la declaración de que prefiere una condena injusta a una absolución obtenida con ciertos argumentos.
Cierran el volumen la versión taquigráfica del discurso final —que cita unos versos de Goethe sobre el yunque y el martillo, y que no se le permitió terminar—, unas notas sobre la sentencia, una carta al ministro del Interior y las entrevistas concedidas a la prensa soviética y extranjera una vez recuperada la libertad. Los materiales proceden de las obras escogidas editadas en Sofía; el esbozo biográfico reproduce una edición parisina de 1949.
Lo que el conjunto ofrece no es un relato sino una serie de documentos en bruto, con sus fechas, sus firmas y sus interrupciones anotadas. De esa acumulación emerge el retrato de un procedimiento judicial que se desmorona bajo el peso de sus propias contradicciones, y el de un hombre que entendió la sala de audiencias como una tribuna y el acta taquigráfica como un modo de llegar a lectores que aún no existían.
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