Nati, escritora madrileña de treinta y tantos, acaba de perder al amante por el que nunca iba a dejar a su marido y debe seguir haciendo la cena como si no pasara nada.
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Nati, escritora madrileña de treinta y tantos, acaba de perder al amante por el que nunca iba a dejar a su marido y debe seguir haciendo la cena como si no pasara nada. Narrada con humor negro y una franqueza que no pide permiso, esta novela en primera persona cruza el deseo, la ansiedad, la maternidad y el clasismo del mundo literario para preguntarse qué queda de una mujer cuando deja de ser el personaje que otros escribieron para ella.
Hay un momento, al principio de este libro, en el que la narradora corta una cebolla para justificar unas lágrimas que no vienen de ahí. Su marido está a un metro, en la misma cocina, y ella no puede contarle a nadie —ni a él, ni a sus amigas— que el amante con el que llevaba tres años acaba de cansarse de esperar. Esa imagen contiene el libro entero: una mujer que sabe exactamente lo que siente y no tiene dónde ponerlo.
Ella se llama Nati. Es escritora, ha publicado una primera novela sobre sexualidad femenina que va ya por la quinta edición y que ha encontrado un público de lectoras jóvenes que se reconocen en ella. Está casada con Sergio, tiene un hijo de seis años y una gata, y convive con una ansiedad que hace tiempo dejó de manifestarse en ataques para instalarse como inquilina fija: le acelera la respiración por el cuenco de agua vacío de la gata, por un libro que se acaba, por un trabajo conseguido que quizá no merezca. Insiste en que no tiene un problema con el alcohol; admite, con más honestidad, que se agarra a cualquier cosa que prometa placer inmediato.
El relato avanza por escenas más que por trama. Una cena de parejas que descarrila cuando Nati defiende, contra el pudor de la mesa, que una indemnización no ensucia a nadie. La aparición del ex amante en el bar que ella le enseñó, del brazo de una chica diez años más joven. Un espejo de baño donde un médico esteticista imaginario se ofrece a corregirle la cara mientras ella se pregunta cuándo empezó a comparar. Un ventanal frente a otro ventanal y un vecino cuyo nombre solo conoce por los buzones. Y una jornada de firmas en Sant Jordi junto al columnista que había demolido su novela por vulgar, un hombre al que admiró de adolescente y que ahora la mira como a una advenediza, mientras la cola de lectoras se forma delante de ella y no de él.
Esa tensión es el nervio del libro. Nati creció leyendo a los cowboys de la literatura —Kerouac, Miller, los que presumían de vida caótica— sin darse cuenta de que en aquellas páginas su sitio era la esposa paciente o la camarera. Empezó a escribir como venganza contra un reparto de papeles decidido antes de nacer, y el mundo literario que ahora la premia sigue midiéndola por su acento, su clase y su edad. También está su padre, capaz de exhibirla en bares ante amigos que se ríen como chimpancés, y una madre a la que nadie culpa porque, en este libro, los desajustes no vienen de donde suele decirse.
El tono es oral, veloz, deliberadamente soez, plagado de referencias del imaginario español contemporáneo y de imágenes que buscan el chiste y aterrizan en la herida. La sexualidad se narra sin eufemismo ni celebración, más como una forma de anestesia que de placer. Y bajo el desparpajo late una pregunta incómoda: si alguien ha construido su identidad sobre ser fascinante para los demás, ¿qué pasa cuando el público se levanta y se va?