Un mensaje enviado a las dos de la mañana, a un número equivocado, enciende una discusión entre dos desconocidos que no piensan darse tregua. Lo que empieza como una guerra de insultos por WhatsApp se convierte, mensaje a mensaje, en una…
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Un mensaje enviado a las dos de la mañana, a un número equivocado, enciende una discusión entre dos desconocidos que no piensan darse tregua. Lo que empieza como una guerra de insultos por WhatsApp se convierte, mensaje a mensaje, en una complicidad que ninguno esperaba. Novela juvenil contemporánea narrada a dos voces, en capítulos que alternan entre ella y él, sobre la distancia entre quienes decimos ser en una pantalla y quienes somos cuando nos encontramos de frente.
Todo comienza con un error. A las dos de la mañana, un mensaje de un número desconocido despierta a una chica de dieciséis años que ya de por sí batalla para dormir: alguien cree haberla conocido en un antro, alguien está seguro de que ella le dio su teléfono. No fue así. Le dieron un número falso, y ese número es el suyo. La respuesta que ella teclea, furiosa y sin filtros, debería haber cerrado el asunto para siempre. En cambio, lo abre.
Los días siguientes son una escalada de insultos, llamadas ignoradas, mensajes borrados y vueltos a escribir. Él insiste con la terquedad de quien confunde el rechazo con un desafío; ella responde con un carácter que no admite condescendencia y que, sin proponérselo, resulta ser exactamente lo que lo mantiene ahí. Entre burlas, un incidente vergonzoso y un teléfono perdido en una pelea, la hostilidad se va gastando hasta dejar ver algo distinto debajo: canciones que se recomiendan, películas que hay que ver, padres que se explican a medias, silencios que se leen en las palomitas del chat. Cuando por fin llega la pregunta inevitable —cómo te llamas—, ninguno de los dos dice la verdad. Matt y Fabiola nacen esa noche como escudos, y esos nombres prestados serán el eje sobre el que gire todo lo demás.
La novela se cuenta a dos voces, en capítulos que se turnan entre ella y él, de modo que el lector accede a las dos versiones de una misma conversación: lo que se escribe y lo que se piensa antes de escribirlo. Ella vive en una casa cómoda, con un padre abogado convertido en sargento cuando se trata de muchachos, una madre que a veces intercede y una mejor amiga, Irene, a quien la suerte parece favorecer siempre. Él vive solo con su madre, arrastra el recuerdo de un padre que le enseñó a pelear a golpes ajenos antes de marcharse sin explicaciones, y tiene en Daniel al amigo que vale por cinco. Dos mundos separados por dinero, colonia y prejuicio: el Instituto Madero y el San Marcos, escuelas rivales desde siempre, con todo lo que eso implica en una ciudad donde nadie olvida de qué lado creció.
El azar, que ya jugó una vez, vuelve a intervenir. Un choque tonto en un semáforo camino a la escuela pone frente a frente a los cuatro: Daniel reconoce a la chica de la fiesta, y ella descubre al copiloto. Una caminata de veinte minutos, unas puertas de la prepa que se cierran ocho minutos tarde y un desayuno en la fonda de don Tino bastan para que Elizabeth y Alex —otros dos nombres, otra vez no del todo ciertos— empiecen algo que ninguno relaciona con la persona que los espera del otro lado del celular. La misma chica que manda al carajo a un desconocido por escrito es la que se queda sin aire cuando ese desconocido le ofrece la mano en la calle.
Con un pulso ágil, humor mexicano y un oído fino para el modo en que los adolescentes hablan cuando creen que nadie los lee, la novela construye una comedia romántica sobre identidades prestadas y coincidencias que se acumulan hasta volverse imposibles de sostener. La ironía la escribe el lector, que ve antes que los personajes lo que a ellos les tomará descubrir. Detrás de las bromas está una pregunta más honda —cuánto de lo que mostramos a un extraño es más verdadero que lo que mostramos a quien tenemos enfrente— y una idea que la propia obra anuncia desde su primera página: a veces, lo que buscas es lo que está más cerca de ti.