Desde una habitación de residencia en el MIT, con la lluvia de noviembre golpeando el cristal, Liza Winthrop empieza una carta que sabe que no va a enviar.
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Desde una habitación de residencia en el MIT, con la lluvia de noviembre golpeando el cristal, Liza Winthrop empieza una carta que sabe que no va a enviar. Escribe a Annie Kenyon, la chica a la que conoció un año antes cantando junto a la ventana falsa de una sala colonial del Museo Metropolitano, y para poder escribirle necesita antes volver sobre todo lo ocurrido: el asombro de un primer encuentro, el curso en la Academia Foster y aquello que terminó separándolas. Nancy Garden construye así una historia de amor entre dos adolescentes narrada desde la memoria, en la que recordar es también el modo de entender.
Un domingo lluvioso de noviembre, Liza Winthrop sube a la tercera planta del ala americana del Museo Metropolitano buscando silencio para pensar en la casa solar que diseña como proyecto de fin de bachillerato. Encuentra, en cambio, a una chica de su edad envuelta en una capa gris, sentada en el alféizar de una estancia colonial, cantando una canción que se está inventando sobre la marcha. Se llama Annie Kenyon. En pocas horas recorren juntas la reja dorada de una catedral española, se baten con espadas imaginarias entre las armaduras hasta que un guardia las reprende, y se quedan en silencio ante el Templo de Dendur, donde la luz entra a raudales y el interior finge ser cielo abierto. Cuando se despiden, Liza no ha avanzado nada en su proyecto, pero lleva en el bolsillo una dirección y la certeza incómoda de que algo importante acaba de suceder.
Liza vive en Brooklyn Heights, en un barrio de casas de piedra rojiza y calles arboladas donde todo parece previsible, y estudia en la Academia Foster, un pequeño centro privado instalado en una mansión victoriana que empieza a desmoronarse. La Foster atraviesa un otoño de campañas de recaudación, carteles por el barrio y matrículas que no cuadran; de puertas adentro la gobiernan un sistema de honor heredado de su fundadora y un deber de informar que casi nadie defiende. Liza, elegida presidenta del consejo estudiantil casi sin quererlo, se descubre convertida en la supuesta mano derecha de la directora Poindexter justo cuando su amiga Sally Jarrell monta una improvisada clínica de perforación de orejas en el baño del sótano. El episodio, menor en apariencia, expone el mecanismo del centro: reglas aplicadas según convenga, adultos que confunden la disciplina con el decoro y una institución dispuesta a proteger su reputación antes que a sus alumnos.
Mientras tanto, la amistad con Annie —que vive lejos, en otro extremo de la ciudad, en un mundo de gatos, abuela, taxis y ensayos de canto— se vuelve otra cosa. Lo que Liza no sabe nombrar al principio va tomando forma entre visitas, cartas, silencios y un invierno de descubrimientos, hasta que ese amor se cruza con el celo moral de la Foster, con la casa de las profesoras Stevenson y Widmer y con un incidente que arrastra a Liza ante los administradores, ante sus padres y ante su hermano Chad, desconcertado y leal. La consecuencia no es solo el juicio de los demás: es el modo en que Liza empieza a juzgarse a sí misma, a callar y a dejar de escribir.
Garden cuenta todo esto en dos tiempos. La voz adulta y provisional de la primera Liza, estudiante de Arquitectura recién llegada al MIT, abre y sostiene el relato; la voz de la Liza de diecisiete años lo revive desde dentro, con humor, vergüenza y una atención minuciosa a los detalles —una lanza imaginaria, un pañuelo ensangrentado, unas cortinas marrones a media luz— que devuelven al lector la textura exacta de esos meses. El resultado es una novela sobre el primer amor y sobre el precio de la honestidad en un entorno que premia la apariencia, pero también sobre la arquitectura como forma de mirar: la luz, el espacio, lo que se sostiene y lo que se derrumba. Publicada en 1982 y traducida al español por María Gay Moreno, sigue leyéndose como un relato sereno y honesto sobre dos chicas que se reconocen y sobre la decisión, nada obvia, de no negar lo que se ha vivido.
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