Un libro construido con sueños. Inés, la voz que lo sostiene, anota lo que sueña —peces de colores en un charco de Cabo de Gata, asteroides que caen cerca sin tocarla, una guerra a la que su padre lleva a la familia de excursión, bombas en…
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Un libro construido con sueños. Inés, la voz que lo sostiene, anota lo que sueña —peces de colores en un charco de Cabo de Gata, asteroides que caen cerca sin tocarla, una guerra a la que su padre lleva a la familia de excursión, bombas en el metro, un león que la devora mientras su marido mira— y, entre paréntesis, deja entrar la vigilia: la resaca, las costillas en el horno, el piso de Madrid tomado por ratones, el amor que terminó y sigue doliendo. Cada capítulo lleva el nombre de una imagen (Peces, Asteroides, Guerra, Metro, Ventanas, Leones, Ratones, Tormentas) y funciona a la vez como escena onírica y como diagnóstico de una vida detenida. El resultado es una prosa que mira su propio desastre sin coartada y sin autocompasión, capaz de pasar del humor más seco a la ternura más desarmada en la misma frase.
«Lo que ha pasado no está escrito en ninguna parte y, al fin, se olvida. En cambio, lo que está escrito es como si hubiera pasado siempre». Bajo esa premisa avanza este libro: alguien que sueña mucho, que anota sus sueños medio dormida en los mensajes guardados del móvil, y que descubre que ese archivo involuntario es la única crónica fiable de lo que le está pasando.
La narradora se llama Inés. Ronda los treinta, vive en Madrid, en un piso al que no limpia, con un montón de ropa en el salón tan permanente que lo llama el Bulto, y con una población de ratones que entra y sale de las paredes. Lleva la carrera parada, los ceniceros llenos y las latas escondidas cuando vienen sus padres. Una amiga la agarra de la muñeca y le dice lo que ya sabe: haz algo, retoma la carrera, ve a terapia. Ella no sabe qué contestar; tiene unas costillas en el horno.
Cada capítulo parte de un sueño. La niña que va de la mano por las minas, las cuevas de yeso y los cerros de Cabo de Gata recogiendo granates. El padre que conduce una hora para enseñarles una guerra pequeña, bonita, con tanques y bayonetas, y la guerra que deja de parecer un grabado medieval y se vuelve real. Una red de metro alternativa, oscura y exhaustiva, que la narradora se conoce mejor que la verdadera. Un safari donde África se parece a un área de servicio y el león no tiene prisa. Y, atravesándolo todo, Javi: las tardes lentas en el sofá, la última noche en un hotel del centro, la escalinata romana de la que hay que salir corriendo, el minutero de un encuentro que dura menos de lo que ella necesita.
Lo que da su forma al libro es lo que ocurre entre paréntesis. Cada sueño se interrumpe para dejar pasar el recuerdo que lo explica —o que se niega a explicarlo—: la madre que se tragaba el miedo mientras los demás jugaban a ser valientes, la infancia en Túnez y la amiga a la que había que aprovechar cada minuto, un verano en Las Hortichuelas a la hora de la siesta, una noche de cocaína en la que quiso convertir en sucio todo lo que había sido hermoso. La distancia entre lo soñado y lo vivido se estrecha hasta volverse imposible de medir, que es exactamente lo que la narradora sospecha desde la primera página.
El tono es su hallazgo mayor: una franqueza que no pide perdón ni pide compasión, atenta al detalle mínimo —un lunar en un cuello, una bolsita de chuches con un lacito rojo, la ceniza en las teclas del ordenador— y capaz de reírse de sí misma justo cuando más duele. Un libro sobre el duelo, la ansiedad, el alcohol y la parálisis, escrito con la convicción de que lo que se escribe es lo único que ocurre siempre.